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domingo, 8 de mayo de 2016

Cuestión de liderazgo, ¿lo ha entendido el PSOE?

Publicado en Diario 16

El líder de Unidad Popular - Izquierda Unida, Alberto Garzón,  lanzó el pasado viernes un mensaje demoledor para el PSOE. La confluencia con Podemos pretende apartar del poder a las políticas de la derecha. No a Rajoy; no al Partido Popular. A la derecha.

Es un matiz importante dada la evidente intención del PSOE de enfocar la inminente campaña electoral en culpabilizar a Podemos de la repetición de las elecciones, y de que Rajoy pueda estar a las puertas de seguir siendo Presidente del Gobierno durante cuatro años más.

Es el pecado original del partido socialista post Zapatero-Rubalcaba, de lo que algunos llaman “el PSOE de Pedro Sánchez”. Los actuales dirigentes del PSOE parecen no haber entendido aún el fenómeno Podemos y las nuevas formas de militancia política. Siguen sin haber interiorizado que el movimiento 15M existió, que inició una nueva etapa en la historia política española y que el PSOE aún no ha ofrecido una respuesta o una propuesta renovada y a la altura para seguir siendo el partido que lidere la alternativa a la derecha económica y social en España y Europa.

Un liderazgo que los socialistas ejercieron -con luces y sombras, pero sobradamente- entre 1977 y 2010, alcanzando sus cotas de mayor apogeo en las elecciones de 2008 con un apoyo de once millones trescientos mil votos, y en 1982, cuando con algo más de diez millones metieron a 202 diputados en el Congreso y pusieron en marcha la ambiciosa y necesaria transformación que España reclamaba tras el fin de la Dictadura y la transición democrática a la Segunda Restauración Borbónica. No afirmo que esa transformación sea un mérito exclusivo del PSOE, que no participaran muchos más actores, o que no hubiese sucedido en manos de otros partidos. Defiendo que la sociedad española no tuvo duda de que el partido que quería para liderarla era el Partido Socialista. Incluso en los malos momentos -que los catorce años de Gobierno entre 1982 y 1996 no fueron precisamente un camino de rosas-, los ciudadanos confiaron en el PSOE.

Tras el paréntesis que supuso el aznarato, siguió siendo el PSOE la alternativa, y la sociedad española no se sintió llamada a buscar o crear otra. Supo que liderar el país tras el fiasco popular debía ser de nuevo una responsabilidad del PSOE.

¿Por qué esto no se percibe así ante el 26J? ¿Por qué no lo fue el 20D? Sí, la respuesta es Podemos. Tras el nacimiento del movimiento 15M se produjo en España un inusitado reencuentro entre la política y la ciudadanía. Solo cinco años atrás, y es tan importante tener en cuenta esta realidad, casi era de mal gusto hablar de política en reuniones sociales y familiares. En la práctica, era una convención social no incurrir en ello. Heredada de las grandes y reñidas diferencias tras 40 años de franquismo, sí, pero mantenida cuando su impuso la “normalidad democrática” y la política dejó de ser, triste pero cierto, un tema de interés común. Los liderazgos estaban definidos y, por evidente consenso, debidamente delegados en PP, PSOE, IU y algunos partidos periféricos. El mayor compromiso político asumido por las mayorías (nótese el uso del plural) no pasaba de acudir a las urnas, participar en alguna manifestación, y si acaso, ejercer o no el derecho de huelga. Y poco más. “Yo paso de política” era el leit motiv de la juventud.

Hasta la multitudinaria manifestación del 15 de mayo de 2011, que frente a la pírrica concentración lograda por los sindicatos el Primero de Mayo de aquel difícil año, desató los acontecimientos que todos conocemos y el cambio radical que se venía larvando en España, al menos, desde octubre del año anterior. Era el auge de los primeros movimientos de indignados en las redes sociales y las primeras “confluencias” en colectivos como Juventud en Acción o Ponte en Pie, y, tras estos, Juventud Sin Futuro o Democracia Real Ya. Movimientos que pronto vendrán a coincidir con las primeras revueltas estudiantiles de seriedad desde los primeros años ochenta del siglo pasado, pues más allá de protestar contra los recortes presupuestarios en la educación, el plan Bolonia o el aumento de las tasas universitarias, se levantaban contra el paro, la precariedad laboral, la torpe gestión de la grave crisis económica o el deterioro del sistema democrático, escenificado con suma claridad en las brutales cargas policiales inmortalizadas por el lema “que soy compañero, coño”, o por la retrógrada Ley Mordaza. Es cuando toda una generación pone música al libreto ¡Indignaos! de Stéphane Hessel y se alza  “contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica”. En otros puntos del mundo, serán la Primavera Árabe y movimientos como Occupy Wall Street y otros similares. Hechos reales que los partidos tradicionales tratan de catalogar como anecdóticos o puntuales, sin entender que han transformado, para mejor y también para peor, a toda la sociedad. Aquella vieja convención social salió disparada por los aires y hoy, la política vuelve a ser una preocupación compartida y un tema de conversación habitual. Una preocupación de la que ahora todas las personas formamos parte de forma activa.

La cuestión es si la dirección del PSOE ha logrado entender ya el repentino apogeo de la implicación ciudadana en la política. Si está sabiendo ejercer el liderazgo que se esperar de él. Si ha sido capaz de diferenciarse con claridad del Partido Popular, o si ha caído en el enorme error de anteponer su legítima posición de salida en el tablero del fenecido bipartidismo, en vez de dar respuesta a las nuevas cuestiones que la sociedad está planteando.

Y en esas estamos. Los sondeos demuestran que hay una clara mayoría social que quiere parar a la derecha. Pero también que la derecha no está sola y mantiene un amplio respaldo social que exige el más exquisito funcionamiento del sistema democrático. No se trata de si esta está teñida de azul PP o naranja Ciudadanos. Se trata, pues, de frenar a la derecha, y el PSOE muestra síntomas de haber perdido su capacidad de liderar este cometido. No de lograrlo, conste; ya lo ha hecho antes. De liderarlo. Y esto sí que debería ser una preocupación para los estrategas del partido socialista.

Se argumenta, con clara intención de ningunear sus causas fundacionales y restar valor a sus ideas y propuestas, que Podemos “solo” ha nacido para ocupar el espacio del PSOE. Tristemente, en esta pobre crítica encontramos el mejor análisis. Por supuesto. Claro que sí. Se trata exactamente de eso. Solo que Podemos aparenta estar en condiciones de contrargumentar con éxito que no viene a por el mismo espacio que hoy ocupa el PSOE, sino a ocupar el espacio vacante dejado por el PSOE.

Y mientras desde Ferraz se configura toda una campaña basada en señalar a Podemos como responsable de que Rajoy aún siga en La Moncloa, los morados ya trabajan en una confluencia dispuesta a mantener alejada a la derecha del poder, más allá del 26J y con o sin el PSOE. Al PP y también a Ciudadanos. El discurso en muy simple, el verdadero problema de los españoles no es la corrupción del PP –que también lo es, y muy preocupante- son sus políticas y sus consecuencias: las pérdidas de derechos y libertades, el aumento de la presión legal y fiscal sobre los ciudadanos y la pequeña y mediana empresa, mientras se defiende y financia a la banca y las grandes corporaciones, y se pergeñan (o se intentan pergeñar) tratados internacionales para transferir a estas el poder económico y social.

La dirección del PSOE debería preguntarse por qué, efectivamente, Podemos quiere “barrerlo”, en vez de lamentar lacónicamente que un nuevo partido o coalición pida ocupar su espacio, y que más de cinco millones de personas lo avalen. Pedro Sánchez y su equipo no parecen estar entendiendo la demanda de la ciudadanía a la que tradicionalmente ha venido representando.

En el discurso político nacido tras el 15M, va ser un paseo militar para los emergentes defender que la confluencia de Podemos-IU surge tras constatar que no se puede contar con el PSOE para echar a la derecha y superar el modelo del bipartidismo. Que el PSOE erró al pensar que podía imponer a la izquierda las condiciones para formar Gobierno, mientras dejaba que Ciudadanos le impusiera las suyas. Que apostó por la continuidad en las políticas del actual marchamo europeo mientras ofrecía como única contrapartida desalojar al PP de La Moncloa. Y así quedaron atrás, por ejemplo, claridad frente a las reformas laborales o reprochar a quienes se desea como socio que no hayan apoyado paralizar los copagos sanitarios, la Ley Wert o la dictatorial Ley Mordaza. Y estas reformas y leyes son, esencialmente, las señas de identidad contra las que se alzan los movimientos emergentes que ahora reclaman el liderazgo a este lado del centro político.

La dirección del PSOE parece empeñada en salir al ruedo electoral para competir por el viejo y oxidado liderazgo… aunque sea en la Oposición. Puede que a la espera de tiempos mejores, mientras PP y Ciudadanos “se comen” imposiciones europeas como el próximo recorte de 20.000 millones de euros de gasto público. La dirección socialista parece no contemplar que eso es exactamente lo que ha venido haciendo la derecha estos últimos cuatro años y que, además, seamos realistas, mantiene prácticamente intacto su suelo electoral.

En esta tesitura, pues, ¿es posible el temido sorpasso? Claro que sí, hay una mayoría social que tiene que decidir a quién confía el liderazgo de las clases populares, porque quien lo ejerza estará llamado a gobernar el país más pronto que tarde, ahora o dentro de cuatro años. Es una situación inédita, pero absolutamente real. Los más de cinco millones de votos obtenidos por Podemos y las confluencias en las convocatorias del 20D, equivalen al voto perdido por los socialistas desde 2008. El liderazgo está en pugna. ¿Lo ha entendido la dirección del PSOE?

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ESPERANDO AL PSOE
(Publicado en Diario Progresista el 2 de diciembre de 2012)

lunes, 18 de abril de 2016

El desperdiciado órdago de Pedro Sánchez

El día que Pedro Sánchez hizo uso del “comodín del público” en su pulso con el Comité Federal del PSOE y convocó una consulta a las bases sobre los posibles pactos de Gobierno, no lo hizo para que la militancia socialista apoyara elevar a Albert Rivera a los altares del consenso y, de paso, a un despacho de La Moncloa.

Lo hizo en un claro desafío a quienes, ya sea desde el norte o desde el sur, le marcaron unas “líneas rojas” (o no tan rojas) que le advertían contra la tentación de hacer uso de la más elemental aritmética, y constatar que era posible llegar a ser Presidente del Gobierno en segunda votación mediante un pacto con Podemos,  Unidad Popular, las Mareas y Compromís, con el apoyo del PNV (que ya adelantó su predisposición a ello), la abstención de nacionalistas e independentistas (si tan urgente es echar a Rajoy, ¿a qué viene el cerco sanitario?) y el voto en contra de Partido Popular, Ciudadanos, Bildu y hasta Coalición Canaria. Haciendo números, 167 votos a favor, 166 en contra y 17 abstenciones. Y, voilà, el ‘Gobierno del Cambio’ era una realidad. Que nadie se llame a engaño, el órdago al Comité Federal y algunos barones y baronesas se basaba en esa posibilidad.

Qué pasó entre ese momento de valentía y la situación de bloqueo en la que nos encontramos hoy en día es algo que nunca sabremos, pero todos intuimos que se fraguó entre despachos cerrados y muy poca transparencia.

"El pacto con Ciudadanos se muestra incapaz de conformar una mayoría capaz de investir a Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. Un pacto sin Ciudadanos, sí. ¿Por qué, si esto es así y todos podemos verlo, seguir insistiendo en culpar a los demás? "

Lo que sí sabemos es que por muchos puntos de encuentro que se pretendan escenificar, a la hora de la verdad el pacto con Albert Rivera no garantiza elementos claves para revertir el trágico balance de la última Legislatura de mayoría absolutísima del Partido Popular. A las pruebas me remito. Ha bastado llevar al Congreso dos iniciativas para paralizar las perversas leyes Mordaza y Wert y constatar que Ciudadanos está más alineado con la derecha del PP de la que forma parte, que con la voluntad de hacer efectivo un pacto de progreso. Sacar adelante ambas iniciativas fue posible gracias al voto de la opción 167, demostrando que la cacareada vía 199 ni existe ni nunca ha existido. Lo mismo puede decirse de la llamada Ley 25 de Emergencia Social defendida por Podemos, que si ha contado con el apoyo mayoritario de la Cámara, a pesar de su “pésima técnica legislativa”, no ha sido con el concurso de la formación naranja, pero sí con el del PSOE.

Sin embargo, desde la dirección socialista se ha iniciado una cruzada mediática basada en la pueril premisa de que si no hay cambio de Gobierno la culpa es de Podemos, partido al que se le exige que apoye un pacto en el que no se les ha invitado a participar, pero se le advierte que quedaría fuera del Ejecutivo y se le impone la voluntad de Albert Rivera como condición sine qua non para, agárrate, “aceptar” sus votos.

Lo cierto es que las matemáticas siguen siendo una ciencia exacta. No existe la vía 199, es una falacia. No pasa de travesía 130, apurando, 131. El pacto con Ciudadanos se muestra incapaz de conformar una mayoría capaz de investir a Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. Un pacto sin Ciudadanos, sí. ¿Por qué, si esto es así y todos podemos verlo, seguir insistiendo en culpar a los demás?

En cualquier caso, y como vengo defendiendo desde el minuto uno tras el 20 de diciembre, con la actual composición de Las Cortes el único pacto razonable es aquel que una a las fuerzas de izquierdas -y la dirección del PSOE deberá decidir si ser socialistas sigue siendo ser de izquierdas-, establezca, desde el Gobierno, una nueva “hoja de ruta” (¡qué poco me gusta esta expresión!) para nuestro país y permita visibilizar que con este Congreso y este Senado el cambio deseado no es más que una voluntad compartida con la mayoría de los electores, pero imposible de llevar a cabo en esta Legislatura.


Y volver a convocar, desde el Gobierno -y desde la izquierda-, a los españoles a las urnas. La cerrazón del PSOE y la intransigencia de Ciudadanos –sin menoscabo de la parte que le toca a Podemos, que también la hay- harán imposible hacer las cosas bien, y al final, vuelvo a insistir, será Rajoy quien, sin haber movido un dedo, se permita el lujo de disolver estas Cortes fallidas y rentabilizar, con todo acierto, la división de la izquierda para lograr una nueva mayoría en la que sumar a su discípulo Albert Rivera, que tan bien le habrá allanado el camino para ello.