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jueves, 18 de julio de 2019

El viaje a ninguna parte de Pedro Sánchez (y los otros)




La cosa va de 'ultimatums'. Podemos ha puesto como precio para sumar sus 42 escaños a los 123 del PSOE formar un Gobierno de coalición en el que cada partido designe a sus ministros en proporción al respaldo electoral obtenido. Se podrá estar de acuerdo o no, pero es una propuesta legítima que cumple los estándares del sistema democrático.
El PSOE rechaza la oferta y exige los votos de Unidas Podemos de forma incondicional. Si no, dice Carmen Calvo que no descarta que Pedro Sánchez sea investido con los votos de independentistas, EAJ-PNV, Compromís y PRC. Empero, llama a la "abstención responsable" (cosas veredes...) a una derecha fragmentada a la que sólo parece unir, con notable éxito, el "todos contra Sánchez". Lo hace para no tener que no descartar (parece coña. pero va de eso) los únicos votos que presume poder atar de aquí a la semana que viene. Empresa inútil para un órdago tan poco consistente. Casado y Rivera quieren ir a elecciones. Para ellos, una segunda vuelta vital que resuelva el liderazgo de la derecha, pero menosprecian el poder que ellos mismos han entregado a la extrema derecha reaccionaria, o cuánto espacio más pueden llegar a cederles.
El nuevo PSOE, que hasta la moción de censura ilustraba todos sus actos con el pomposo rótulo Somos la Izquierda, se muestra incapaz de domeñar la intransigencia de Podemos (que ya les vale también, ¿dónde está IU?), y de gestar un Pacto de Legislatura para que 165 diputados de izquierdas actúen como una fuerza mayoritaria, estable y de progreso, que propicie acuerdos parlamentarios durante los próximos años para que las necesarias reformas (sociales, económicas y laborales) que este país está demandando no las acaben haciendo los otros al grito de "Santiago y cierra España".
Es lo que han pedido las urnas. Seguir repitiendo como un mantra que los españoles han dicho "alto y claro" que quieren que el PSOE gobierne en solitario, es faltar a la verdad y al debido respeto a la inteligencia del electorado, que sabe perfectamente lo que ha votado. Que los adalides del dramático "no es no" emprendan (otra vez) el camino de falsear el imaginario popular sugiere extravagancia, grosería y cierta comicidad. Y demasiada falta de estrategia para tanta ambición de poder.
Al punto, tan insensato como desesperado, de amenazar con aceptar síes que -excepto Revilla y Baldoví- ni les han sido ofrecido (y mucho menos, gratis) ni los socialistas se atreven a pedir abiertamente. Y, de paso, enviar a la Oposición a esos preciosos y necesarios 42 escaños de la izquierda. El caldo de cultivo para un Gobierno débil, inestable y sometido/sometiendo al Real Decreto y el permanente chantaje de la convocatoria electoral. Suma cero.
Con estos mimbres, este país va a estar en elecciones de forma permanente. Sin un Presupuesto progresista (pues no hay que olvidar que el primero y único presentado al Congreso por Sánchez fue rechazado, entre otros, por los que se supone que le darían la investidura la semana que viene), y sin poder abordar reformas estructurales de calado social. Tal vez durante décadas.

jueves, 16 de marzo de 2017

Por un PSOE ganador, #YoconSusana

Recupero, actualizado, este artículo publicado hace unas semanas en Iris Press Magazine.



Surgen al albur de la esperada candidatura de Susana Díaz a la secretaría general del PSOE, toda una tropa de expertos en historia contemporánea andaluza y susanología. Se presentan con credenciales del tipo “yo tengo familia andaluza” (afectados colaterales), “veraneo” (testigos presenciales) o “tengo casa en un pueblo de Cádiz” (son uno más). Parámetros que al parecer acreditan para espetar en las redes sociales barbaridades como que en Andalucía "se niega el ingreso en las UCI por motivos de ahorro a ancianos con escasa esperanza de vida", o asegurar con la rotundidad del ignorante que la sanidad andaluza “es peor”. Para poner en duda el nivel cultural de los andaluces, insinuar altas tasas de analfabetismo o asegurar que los que no están en paro pertenecen al partido socialista o son “estómagos agradecidos”. Aseveraciones aderezadas, cómo no, con una buena ración de eres y ladrones por doquier ¡con “la Susi” (o la sultana, la gusana y hasta la cortijera andaluza) al frente! Y hay hasta quien arguye que si hay barones que la apoyan, es porque pretenden importar tal satrapía a sus respectivos territorios.

Un cuñadismo trufado de exageraciones y reducciones al absurdo que superan lo ofensivo y rayan lo obsesivo, y que buscan ofuscar la carrera hacia el liderazgo socialista con agresividad y zancadilla, buscando el cuerpo a cuerpo en ajuste de cuentas y combate a muerte. Que no hay sitio para el adversario tras la batalla.

Los ataques a Susana Díaz, cuando vienen de las filas 2.0 del belicoso rival, perfilan una líder ambiciosa, cómplice de corrupción, de espaldas a lo público y con inclinaciones golpistas. Lo cierto es que Susana Díaz sigue siendo la misma a la que hasta hace poco aplaudíamos al unísono por haber sabido liderar con acierto el socialismo andaluz en pleno apogeo de su peor crisis orgánica e institucional, derivada del traumático escándalo de los Ere. Que tomó las riendas del partido y de la Junta tras la modélica dimisión de José Antonio Griñán (en el PSOE sí se asumen responsabilidades políticas) y concurrió a unas elecciones en las que el Partido Socialista volvió a ser primera fuerza política andaluza y mantuvo la Junta de Andalucía y el mismo número de diputados -47- a pesar de la entrada en las Cinco Llagas de Podemos y de Ciudadanos, cuyos grupos parlamentarios se nutrieron de los 24 diputados que cedieron el Partido Popular (17) e Izquierda Unida (7). [Valga este significativo dato para quienes afirman que la pérdida de asientos en el Congreso se debe al obligado reparto con las fuerzas emergentes.]

Sigue siendo la misma Presidenta que ha impedido que los recortes presupuestarios infligidos por el Gobierno de Rajoy se ceben en los sectores más desfavorecidos de Andalucía, manteniendo las prestaciones de ámbito regional, peleando contra los copagos, congelando y fraccionando las tasas universitarias, asegurando el sistema de becas y la gratuidad de los libros para los alumnos de primaria, racionalizando el gasto con medidas como las subastas de medicamentos, y garantizando el sostenimiento de los servicios públicos. Con especial cuidado para los afectados por la Ley de Dependencia.

Y es cierto que Andalucía adolece de muchos déficits, sobre todo en lo que al empleo, el lento desarrollo industrial y la productividad se refiere, pero ni los ha provocado Susana Díaz ni han ido a peor desde que ella está al frente del gobierno andaluz. Al contrario, Andalucía lidera la creación de empleo a nivel nacional, y a pesar del permanente boicot del Gobierno central y del propio PP Andaluz, es la Comunidad que más dinero invierte para hacer posible la creación de nuevas empresas o en planes de I+D+i. Y todo ello, como muy a regañadientes tuvo que admitir el ministro Montoro, cumpliendo sus leoninos y poco inocentes imposiciones presupuestarias.

Susana Díaz preside el gobierno que ha devuelto a los trabajadores públicos los niveles salariales mermados por decisión del Gobierno central y que ha recuperado derechos laborales cercenados por el Partido Popular, entre ellos la jornada de 35 horas semanales.

Ha afrontado con éxito la mayor situación de distanciamiento entre los usuarios de los servicios públicos y la administración andaluza a la que ha tenido que dar respuesta, y ha sabido satisfacer las reivindicaciones de las plataformas ciudadanas en defensa de la sanidad pública, poniendo fin a un malestar popular evidente, cuya mayor expresión fue el salto al estrellato del médico Jesús Candel Spiriman. El propio héroe agradeció públicamente el papel jugado por Susana Díaz en la resolución del conflicto, elogió su “actitud de entrega”, y dio por terminada aquella guerra ente los profesionales sanitarios, los usuarios y la Junta de Andalucía.

La misma Susana cuyo modelo de liderazgo aportó 20 de los 85 diputados obtenidos por el PSOE en las últimas elecciones generales, frente a los siete aportados por Madrid o los siete de Cataluña. Uno de cada tres frente a uno de cada cinco.

A pesar de todo ello, abierta y belicosamente, hay quienes pretenden hacer campaña situando a Susana Díaz como el enemigo en casa, subalterna del PP y fuera de la izquierda. Quienes le reprochan haberse sumado a la mayoría que optó por desbloquear la gobernabilidad y preservar al PSOE de una mayor pérdida de poder parlamentario, y de una segunda, fallida y humillante sesión de investidura.

Hoy que, desde la Oposición, el PSOE está cumpliendo bastantes de los mismos compromisos electorales y que el trabajo de los diputados socialistas está logrando imponer al PP iniciativas parlamentarias que ya benefician a millones de personas y que no serían posibles con una izquierda aún más debilitada, entre la propuesta beligerante de quienes han fracasado y debilitado al partido, y el discurso de quien ha sabido mantener la fortaleza del PSOE y ponerla frente al Partido Popular, es momento de apostar #PorunPSOEganador.

#YoconSusana

sábado, 22 de octubre de 2016

Yo tampoco voté al PSOE para que gobierne el PP

Yo tampoco voté al PSOE para que gobierne el PP, es cierto. El problema es que los que votaron al PP para que no gobierne el PSOE sumaron dos millones y medio más de votos (PP: 7.906.185, PSOE: 5.424.709). Y que casi seis millones de votantes de izquierda (Podemos y confluencias. ERC y Bildu) no creyeron que Pedro Sánchez mereciera ganar las elecciones, por lo que apostaron por otros partidos. Y que la suma de votos de izquierdas (incluyendo a ERC), se quedan a un millón de votos por debajo de la suma de derechas.

Por otro lado es falso que haya una alternativa de izquierdas. Ni PNV ni Convergencia son partidos de izquierda, y sin sus votos no habría gobierno alternativo posible (pudo haberlo tras las elecciones del 20D, con su abstención, pero Pedro Sánchez no había descubierto aún la izquierda en aquella época y se declaraba "centrista de toda la vida" para reclamar apoyo al pacto-trampa de Albert Rivera).
Un pacto con ERC y CDC hoy es imposible porque el "proceso de desconexión" sería un permanente chantaje a la estabilidad gubernamental. Y además, contendría un elevado componente de hipocresía sumar a la derecha catalana de Pujol y Mas y llamarlo "acuerdo contra la corrupción o los recortes del PP". Juzgados y hemerotecas lo corroboran.
La alternativa de convocar terceras elecciones es, pues, la salida de quien no quieren admitir que no se han ganado las elecciones. Y quien no acepta los resultados, no puede dar lecciones de democracia a nadie. La hipocresía no es buena receta para ganar credibilidad. Y, mucho menos, votos.
[Así que, por favor, mañana, dejemos la impostura y aceptemos la vuelta a la cordura. Y por supuesto, iniciemos ya de una vez el debate de por qué el PSOE no es hoy un partido de gobierno. Y esto, desde luego, no es solo culpa de Pedro Sánchez.]

jueves, 13 de octubre de 2016

¿Indecentes o responsables?




Se suceden en los últimos días gruesas acusaciones -de indecencia, entre otras- contra los que nos manifestamos abiertamente a favor de la abstención en la investidura de Mariano Rajoy, y de que el Partido Popular conforme el próximo Gobierno. Duele especialmente, cuando estas provienen, además, no ya de compañeros, sino de amigos. Forma parte ya de la sentencia en 140 caracteres, la mayoría de las veces ausente de análisis, que se impone y empobrece el debate político.

Los que defendemos la abstención somos los mismos que hubiésemos apoyado sin dudarlo un gran Pacto de Gobierno entre PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos. Suscribimos el Manifiesto por un Gobierno de Progreso promovido por destacadas personalidades de la política (muchos de ellos del PSOE), el sindicalismo, del Arte y de la Cultura, en general. Muchos, incluso apoyamos un acuerdo con Podemos, Izquierda Unida y los partidos nacionalista e independentistas tras las elecciones de Diciembre pasado. Un pacto que, sin embargo, es hoy imposible. Una vez iniciado el llamado ‘proceso de desconexión’ por el Parlamento de Catalunya, un acuerdo con el partido de Artur Mas y Jordi Pujol -que como todo el mundo sabe es un referente (por competencia) frente al inmoral y corrupto PP- y con Esquerra Republicana de Catalunya es a todas luces imposible, en tanto en cuanto el Gobierno de la Nación, sea del signo que sea, e incluso compartiendo simpatías con la causa independentista, está obligado a recurrir e impedir, pues es un proceso -nos guste más o menos- fuera de la Ley. Si alguien afirma que sería posible dar estabilidad a un Gobierno sustentado por partidos condenados a enfrentarse en un futuro cercano, o ha perdido el concepto de la realidad política, o sencillamente miente. Ergo, hipócrita. O irresponsable.



Promover un pacto condenado al fracaso en pocos meses, y que devendría elecciones sí o sí por dicho fracaso, sería dar alas a un Partido Popular que se sometería a las urnas, con toda su corrupción y su indecencia, con la campaña electoral regalada por los fracasados supuestos salvadores de España. Acabarían siendo estos los verdaderos responsables de poner el futuro inmediato de los españoles en manos de la derecha reaccionaria ‘popular’ y de la ultraderecha económica que encarna el partido de Albert Rivera. De la supuesta pureza ideológica y moral surgiría el fortalecimiento indubitado del demonio al que hoy se acusa injustamente a los socialistas de proteger.


Los que defendemos la abstención sentimos el mismo asco que ellos. Se nos revuelven todas las tripas de saber que el Partido Popular, sustentado por ocho millones de votos y una sólida mayoría minoritaria en el Parlamento -y con nuestra dolorosa, sí, abstención-, va a seguir al frente del Gobierno. Pero también defendemos la gran oportunidad de poder administrar, tal vez por primera vez, un Congreso con capacidad de frenar las ínfulas autoritarias de la derecha azul, y el neoliberalismo salvaje de la naranja. Es nuestra forma de entender la decencia y el compromiso político ante un enemigo que, tristemente, concita más apoyo electoral que cada uno de los partidos que nos enfrentamos a ellos en las urnas. Entendemos que es una irresponsabilidad ofrecer al PP, ya sea en diciembre o lo sea dentro un año, siquiera la posibilidad de aumentar su mayoría y un Gobierno libre de la pesada carga de la Oposición a la que hoy se enfrenta.

Así que donde unos ven indecencia o dejación ideológica, otros vemos responsabilidad y compromiso con nuestros ideales, que también son de izquierda. Los hechos y las circunstancias son los que son, y la verdadera grandeza de la Política está en conocerlos, asumirlos y administrarlos con la mejor estrategia para la defensa de la ciudadanía. Podremos estar equivocados, como pensamos que los equivocados son otros, pero poner en duda la decencia de nuestros argumentos solo puede ser fruto de la mala fe o de la hipocresía. O de la irresponsabilidad.

lunes, 18 de abril de 2016

El desperdiciado órdago de Pedro Sánchez

El día que Pedro Sánchez hizo uso del “comodín del público” en su pulso con el Comité Federal del PSOE y convocó una consulta a las bases sobre los posibles pactos de Gobierno, no lo hizo para que la militancia socialista apoyara elevar a Albert Rivera a los altares del consenso y, de paso, a un despacho de La Moncloa.

Lo hizo en un claro desafío a quienes, ya sea desde el norte o desde el sur, le marcaron unas “líneas rojas” (o no tan rojas) que le advertían contra la tentación de hacer uso de la más elemental aritmética, y constatar que era posible llegar a ser Presidente del Gobierno en segunda votación mediante un pacto con Podemos,  Unidad Popular, las Mareas y Compromís, con el apoyo del PNV (que ya adelantó su predisposición a ello), la abstención de nacionalistas e independentistas (si tan urgente es echar a Rajoy, ¿a qué viene el cerco sanitario?) y el voto en contra de Partido Popular, Ciudadanos, Bildu y hasta Coalición Canaria. Haciendo números, 167 votos a favor, 166 en contra y 17 abstenciones. Y, voilà, el ‘Gobierno del Cambio’ era una realidad. Que nadie se llame a engaño, el órdago al Comité Federal y algunos barones y baronesas se basaba en esa posibilidad.

Qué pasó entre ese momento de valentía y la situación de bloqueo en la que nos encontramos hoy en día es algo que nunca sabremos, pero todos intuimos que se fraguó entre despachos cerrados y muy poca transparencia.

"El pacto con Ciudadanos se muestra incapaz de conformar una mayoría capaz de investir a Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. Un pacto sin Ciudadanos, sí. ¿Por qué, si esto es así y todos podemos verlo, seguir insistiendo en culpar a los demás? "

Lo que sí sabemos es que por muchos puntos de encuentro que se pretendan escenificar, a la hora de la verdad el pacto con Albert Rivera no garantiza elementos claves para revertir el trágico balance de la última Legislatura de mayoría absolutísima del Partido Popular. A las pruebas me remito. Ha bastado llevar al Congreso dos iniciativas para paralizar las perversas leyes Mordaza y Wert y constatar que Ciudadanos está más alineado con la derecha del PP de la que forma parte, que con la voluntad de hacer efectivo un pacto de progreso. Sacar adelante ambas iniciativas fue posible gracias al voto de la opción 167, demostrando que la cacareada vía 199 ni existe ni nunca ha existido. Lo mismo puede decirse de la llamada Ley 25 de Emergencia Social defendida por Podemos, que si ha contado con el apoyo mayoritario de la Cámara, a pesar de su “pésima técnica legislativa”, no ha sido con el concurso de la formación naranja, pero sí con el del PSOE.

Sin embargo, desde la dirección socialista se ha iniciado una cruzada mediática basada en la pueril premisa de que si no hay cambio de Gobierno la culpa es de Podemos, partido al que se le exige que apoye un pacto en el que no se les ha invitado a participar, pero se le advierte que quedaría fuera del Ejecutivo y se le impone la voluntad de Albert Rivera como condición sine qua non para, agárrate, “aceptar” sus votos.

Lo cierto es que las matemáticas siguen siendo una ciencia exacta. No existe la vía 199, es una falacia. No pasa de travesía 130, apurando, 131. El pacto con Ciudadanos se muestra incapaz de conformar una mayoría capaz de investir a Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. Un pacto sin Ciudadanos, sí. ¿Por qué, si esto es así y todos podemos verlo, seguir insistiendo en culpar a los demás?

En cualquier caso, y como vengo defendiendo desde el minuto uno tras el 20 de diciembre, con la actual composición de Las Cortes el único pacto razonable es aquel que una a las fuerzas de izquierdas -y la dirección del PSOE deberá decidir si ser socialistas sigue siendo ser de izquierdas-, establezca, desde el Gobierno, una nueva “hoja de ruta” (¡qué poco me gusta esta expresión!) para nuestro país y permita visibilizar que con este Congreso y este Senado el cambio deseado no es más que una voluntad compartida con la mayoría de los electores, pero imposible de llevar a cabo en esta Legislatura.


Y volver a convocar, desde el Gobierno -y desde la izquierda-, a los españoles a las urnas. La cerrazón del PSOE y la intransigencia de Ciudadanos –sin menoscabo de la parte que le toca a Podemos, que también la hay- harán imposible hacer las cosas bien, y al final, vuelvo a insistir, será Rajoy quien, sin haber movido un dedo, se permita el lujo de disolver estas Cortes fallidas y rentabilizar, con todo acierto, la división de la izquierda para lograr una nueva mayoría en la que sumar a su discípulo Albert Rivera, que tan bien le habrá allanado el camino para ello.

martes, 5 de abril de 2016

Albert Rivera se quita la careta mientras Pedro Sánchez permanece secuestrado

Aún no se ha logrado conformar el supuesto Gobierno Progresista y Reformista pactado entre PSOE y Ciudadanos y los de Albert Rivera ya han violado, y a lo grande, el espíritu de lo acordado con toda solemnidad mientras los partidos de izquierda esperaban en una sala del Congreso de los Diputados que los representantes socialistas se sentaran a la mesa.

Este martes, los diputados de Ciudadanos, el “socio imprescindible” de Pedro Sánchez para sentarse en el despacho principal de La Moncloa, dejaron solo al PSOE en dos votaciones esenciales para iniciar el camino del cambio, y optaron por sumar sus votos al Partido Popular para impedir la derogación de dos leyes claves del nefasto balance la mayoría absolutísima con la que Mariano Rajoy han construido un país a medida de los intereses de sus patrocinadores, con menos derechos para los ciudadanos, más restricciones de las libertades y la caja pública abierta al exclusivo servicio de la banca y las grandes empresas.

La negativa de Albert Rivera cumplir lo pactado y aliarse con el PP en dos elementos claves para la recuperación de la normalidad democrática es distintiva del tipo de Gobierno que el joven líder de la nueva derecha pretende imponer a Pedro Sánchez. Es también una demostración de fuerza que deja en muy mal lugar al Secretario General del PSOE, que se ha mostrado incapaz de conseguir que el deseado socio para convertirse en Presidente le secunde en dos iniciativas tan importantes como son la derogación de las leyes Mordaza y Wert.

El comportamiento de los diputados de Ciudadanos, supone de facto, un incumplimiento flagrante de lo acordado con el PSOE. Así, ¿con qué fuerza pretende Pedro Sánchez sentarse esta semana en una mesa a tres para pedir a Podemos que se sume a un pacto que, en su primera prueba de fuego, no es respetado por uno de los firmantes que, además, Sánchez insiste en presentar como indisoluble de su propuesta de cambio?

Por su parte, Ciudadanos hace una insolente demostración de fuerza el mismo día en que deja con el culo al aire a Pedro Sánchez, y en vísperas de la deseada reunión a tres bandas cambia su discurso y exige mando en plaza y cuota de sillones en un Consejo de Ministros que más bien parece que no desea que llegue a constituirse.

Albert Rivera actúa atendiendo a lo que dicen los sondeos y se burla del PSOE. Se presenta como garante de un pacto que pueda desalojar al PP del Gobierno y que mantiene secuestrado a Pedro Sánchez, pero al mismo tiempo se dedica a dinamitar dicho pacto, a la espera de que el fracaso desemboque en una convocatoria de unas elecciones que ansía sin disimulo.

Con la distribución actual del Congreso, la grosse koalition que sueña Rivera no requiere de su concurso, y así se lo han dejado bien claro desde el Partido Popular. Su exitosa estrategia desde el 20 de diciembre, empero,  anuncia una nueva aritmética en la que los excluidos serán los partidos de izquierdas, y en la que Rivera podrá cómodamente exigir el lugar que prefiera en un Gobierno doblemente de derechas que perpetúe a Mariano Rajoy y su corrupto partido al timón de nuestro país.


La única salida creíble pasa la inmediata ruptura por parte de Pedro Sánchez del pacto con Albert Rivera, expulsar a Ciudadanos -por traidor- de la negociación prevista con Podemos y recuperar, si es que aún se puede,  la mesa que sabiamente propuso Alberto Garzón y en la que los otros partidos de izquierda se quedaron con cara de lelos mientras Sánchez firmaba a sus espaldas un pacto que les excluía.

También en Ciudadano Pan: 

Interpretar las encuestas; cuestionar la voluntad de cambio


domingo, 3 de abril de 2016

Interpretar las encuestas; cuestionar la voluntad de cambio

Este domingo nos ha dejado tres sondeos de opinión en tres medios de comunicación diferentes. El antaño “diario independiente del mañana”, lo que queda de El Mundo y la nueva aventura digital de Pedro J. Ramírez, nuestro eterno aspirante a Randolph Hearst latino, coinciden más o menos en sus estudios demoscópicos. A saber.

A pesar de las evidencias de su corrupto entramado interno, el Partido Popular ya tocó su suelo electoral el 20 de diciembre, cuando perdió hasta 63 diputados y una cómoda mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados que, a pesar de todo, fue capaz de mantener en el Senado.

Por su parte, el PSOE liderado por Pedro Sánchez se muestra incapaz de levantar cabeza tras haber cosechado el peor resultado de su historia y haber cedido una importante porción de su apoyo ciudadano a Podemos y a las nuevas fuerzas emergentes, que han sabido recoger el guante del discurso socialista original tras la recuperación de la Democracia. Aún así, estos no logran mantener los resultados del 20D y pierden fuerza cediendo hasta 20 diputados.

Ciudadanos, la nueva derecha capitaneada por Albert Rivera, se consolida como posible tercera fuerza política y podría sumar hasta 12 nuevos escaños en el Congreso.

Por último la Unidad Popular de Alberto Garzón recupera fuerzas y se presenta como la única opción de izquierdas que gana simpatizantes tras más de cien días sin Gobierno.

En cuanto a los nacionalistas y regionalistas, no se aprecian cambios considerables y siguen manteniendo sus apoyos habituales.

Mientras se conocen estos datos, continúa encima de la mesa la cierta posibilidad de que no se consiga un pacto de Gobierno que conforme una mayoría estable para desalojar a Mariano Rajoy y al PP de La Moncloa. El empeño de Pedro Sánchez en explorar la llamada vía 199 parece un camino de imposible recorrido, en tanto que las exigencias de Ciudadanos, el socio imprescindible (?) escogido por Pedro Sánchez, parecen a todas luces incompatibles con las aspiraciones de buscar coincidencias, que las hay, y muchas, entre los programas electorales de PSOE y Podemos. Un pacto que no excluya a Ciudadanos, supone una importante renuncia de ambos partidos de izquierda en temas fundamentales como la derogación total de la Reforma Laboral del PP, la -a todas luces- antidemocrática Ley Mordaza o la perversa Ley Wert que transforma el Derecho a la Educación casi en una gracia gubernamental, entre otras. En esta tesitura, cabe suponer que el pacto a tres que busca Pedro Sánchez se presenta como imposible, y que el único camino que evitaría la convocatoria de nuevas elecciones sería el otro tripartido, el deseado por la derecha de Albert Rivera con la aquiescencia del Partido Popular. El suicidio del Partido Socialista que cualquiera podría pensar que es el verdadero objetivo del joven nuevo líder.

El problema es que los sondeos indican que unas nuevas elecciones, en el momento actual, supondría un claro castigo de los votantes al PSOE y a Podemos. A los primeros porque cualquier resultado que no mejore el cosechado en diciembre sigue siendo una penalización del electorado socialista tradicional. A los segundos porque las formas empleadas para buscar el pacto han venido sobradas de soberbia y prepotencia y poca voluntad de alcanzar un acuerdo. En consecuencia, el escenario de nuevas elecciones es el ideal tanto para el Partido Popular como para Ciudadanos, que con las nuevas mayorías que anuncian las encuestas conocidas este domingo lograrían los escaños suficientes para conformar Gobierno, y forzarían una crisis tanto en el PSOE como en Podemos que lastraría la labor de Oposición que les habrá de corresponder si se confirman los pronósticos.

En este escenario, y como ya he defendido en otras ocasiones, Pedro Sánchez debería reconsiderar un acuerdo con la nueva derecha naranja que no proporciona ningún beneficio al PSOE y no garantiza los cambios políticos que los votantes de izquierda, una clara mayoría ciudadana, están demandando tras demasiados años de abuso de la derecha y los poderes económicos en nombre de una crisis económica que ellos mismos provocaron y han tenido la suerte de gestionar a su favor.

Solo un pacto con Podemos que sumara el concurso de Izquierda Unida, contara con el apoyo del PNV (que ya ha dicho que estaría dispuesto) y la abstención de los nacionalistas e independentistas podría cambiar la percepción del electorado sobre la necesaria voluntad de dar un giro radical a las políticas de derecha, tomando como referencia, por ejemplo, el modelo portugués. Sería un pacto de corta duración -ningún Ejecutivo puede aguantar cuatro años con unas Cortes como las actuales-, pero con capacidad para derogar las peores reformas del Partido Popular y diseñar un nuevo modelo de Gobierno para la ciudadanía que en pocos meses genere un legado con el que concurrir a nuevas elecciones. El nuevo Gobierno podrá disolver las Cortes exhibiendo el bloqueo de la derecha a cualquier intento de reforma para favorecer a los ciudadanos, y legitimado para pedir una nueva mayoría electoral que lo impida.

Sin embargo, cerrarse en banda en el acuerdo con Ciudadanos para satisfacer no se sabe qué intereses ni de quién (aunque se intuye) solo puede desembocar, como digo, en un suicidio político para el PSOE y –también- para Podemos, y en un triunfo de las derechas azul y naranja que concurrirían a las urnas con el impagable aval del fracaso de la izquierda para articular un proyecto político alternativo.


Quedan 20 días para tomar una decisión. La pelota del posible cambio, está, sobre todo, en el tejado de Pedro Sánchez y el PSOE. También en el de Pablo Iglesias y Podemos, qué duda cabe. Pero sobre todo en el primero.

jueves, 25 de febrero de 2016

La farsa de los pactos (y III). “Sorpasso” a pie de urna o el no de las bases

Pedro Sánchez consiguió ganarse a la militancia de base socialista cuando lanzó un órdago a los denominados barones y anunció una consulta por el sistema "un militante un voto" para aprobar o rechazar los posibles pactos de gobierno.

A nadie se le escapaba que el desafío de Sánchez buscaba una vía que le permitiera alcanzar un pacto a la izquierda con Podemos y Unidad Popular que re requeriría, además, los votos de alguna fuerza nacionalista como el PNV, o incluso de la independentista Esquerra Republicana. Algo que Sánchez sabía que sus líderes regionales no veían con buenos ojos, pero que no se atreverían a discutir si dicho pacto contaba con el apoyo expreso de las bases socialistas expresado en las urnas. Como diría el Presidente Zapatero, “ante la duda, democracia”.

Sin embargo, el secretario general del PSOE se descolgó ayer con un acuerdo con la derecha de Ciudadanos y Albert Rivera, firmado a bombo y platillo y presentado bajo el icónico “El abrazo” de Juan Genovés. Un guiño forzado a la Transición, tan recurrente en las últimas semanas.

De entrada el acuerdo con Albert Rivera supone una renuncia explícita a conformar una mayoría de izquierda progresista. También un acto de deslealtad con el resto de partidos con los que estaba manteniendo una negociación que, consecuentemente, quedó inmediatamente suspendida. ¿Acaso pretendía Pedro Sánchez entrar en la sala de reuniones y pedir a  Podemos, Compromís y Unidad Popular que rubricaran lo que había pactado a sus espaldas?

Además, el acuerdo, recogido en 66 páginas que reproducen más el formato de un programa electoral que de un plan de acción para el Gobierno de España, renuncia a algunas medidas que las bases socialistas esperaban, como la derogación real de la reforma laboral del PP y la recuperación de las indemnizaciones por despido, plantea dudas sobre cómo quedarán la Ley Mordaza o la LOMCE, cede a algunas pretensiones poco progresistas de Ciudadanos y propone unos cambios en la Constitución que ambos firmantes saben imposibles de realizar. Propone además una larga retahíla de mesas de estudio sobre tantos temas, que es lo mismo que no comprometerse a nada sobre cada uno de ellos. Es, en resumen, poco claro en demasiados temas esenciales para la ciudadanía.

Y es, también un pacto temerario abocado al fracaso. No vale la argucia pueril de apelar al miedo al PP para exigir a los demás que apoyen un documento del que han sido deliberadamente excluidos. Es tan burdo como seguir cayendo en la trampa de la derecha cada vez que saca el “comodín” de ETA para reconducir a su antojo cualquier debate. Acusar a Podemos o a Unidad Popular de complicidad o connivencia con el Partido Popular si no apoyan la investidura de Pedro Sánchez es infantil, y solo denota debilidad e, incluso, inseguridad en el documento suscrito con la formación naranja.

Para ese viaje no eran necesarias las alforjas de la desafiante consulta a las bases con las que Pedro Sánchez plantó cara a la vieja guardia socialista en su Comité Federal.  Posiblemente, el propio líder ya esté arrepentido de haber convocado a la militancia a las urnas.


No sería la primera vez que las bases socialistas contradicen a sus mayores. En la memoria de todos permanece la victoria de Josep Borrell en unas primarias diseñadas y bendecidas para situar a Joaquín Almunia al frente del cartel electoral del PSOE. Los militantes optaron entonces por un giro a la izquierda. A nadie le extrañe que vuelva a ocurrir algo similar este fin de semana.  Las bases saben que el pacto con Rivera no puede acabar en la constitución de un Gobierno, y también que en unas nuevas elecciones, gran parte de los votantes de izquierda del partido socialistas no perdonarían la fallida estrategia de Pedro Sánchez, poniendo el “sorpasso” a pie de urna. Se avecina un fin de semana muy interesante.

martes, 23 de febrero de 2016

La farsa de los pactos (II). Reforma Constitucional imposible

En estado eufórico estadista se presentaba este martes Pedro Sánchez ante los medios para confirmar que había llegado a un "principio de acuerdo" con Albert Rivera. Como niño con zapatos nuevos; más niño que bien calzado.

Sánchez ha aceptado reformar la Constitución según lo exigido por el presidente de la formación naranja. Es más, se ha comprometido a hacerlo. La pregunta es ¿cómo piensa hacerlo?

Veamos antes de comentarlo los cambios propuestos por Rivera. En primer lugar suprimir las diputaciones provinciales que serán sustituidas por “consejos de alcaldes”.  Algo tan impreciso que no aclara qué tipo de estructura supondrán dichos consejos, qué atribuciones tendrían y de qué forma van a garantizar las prestaciones y servicios que las corporaciones provinciales garantizan hoy por hoy a los pequeños municipios. Tampoco qué ocurrirá con los más de 65.000 trabajadores (funcionarios o laborales) que dependen de las diputaciones.

Por otra parte, limitar el mandato del presidente del Gobierno a ocho años, o dos legislaturas.

También reducir a la mitad -de 20 a 10- los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), el órgano de gobierno de los jueces, sin aclarar, al menos de momento, si dicha reducción afectará a la forma en que son elegidos actualmente o si dicha modificación garantizará la separación de poderes que tantos sentimos en demasiadas ocasiones como irreal.
La modificación de la CE incluiría también la supresión de los aforamientos de senadores y diputados en el Parlamento nacional y en los autonómicos. Nada que objetar. Es muy necesario y razonable.
Por último,  se pretende reducir de 500.000 a 250.000 las firmas exigidas para presentar una iniciativa legislativa popular (ILP) en el Congreso. Nada se dice de cómo evitar que la Mesa del Congreso solo esté obligada a “acusar recibo” de las firmas, pero no a tramitar y llevar a pleno las iniciativas.
Hasta aquí, todo bien. Se estará más o menos conforme, pero son propuestas. Con mucho titular y poco cuerpo, pero propuestas al fin y al cabo.
El problema del acuerdo es que se basa en un compromiso imposible de cumplir. Si Pedro Sánchez hubiese planteado que el pacto supone llevar al Pleno de Las Cortes estas propuestas, pase. Afirmar categóricamente que las va llevar a efecto es, sencillamente un ejercicio de inocencia, hipocresía o, en el peor de los casos, de ignorancia.
Las modificaciones prometidas están reguladas por el artículo 167 de la propia Constitución, que, literalmente, reza:
Los proyectos de reforma constitucional deberán ser aprobados por una mayoría de TRES QUINTOS de cada una de las Cámaras. Si no hubiera acuerdo entre ambas, se intentará obtenerlo mediante la creación de una Comisión de composición paritaria de Diputados y Senadores, que presentará un texto que será votado por el Congreso y el Senado.
De no lograrse la aprobación mediante el procedimiento del apartado anterior, y siempre que el texto hubiere obtenido el voto favorable de la MAYORÍA ABSOLUTA DEL SENADO, el Congreso, por mayoría de DOS TERCIOS, podrá aprobar la reforma.
Aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación cuando así lo soliciten, dentro de los quince días siguientes a su aprobación, una décima parte de los miembros de cualquiera de las Cámaras.

A ello habría que sumar que, una vez cumplidos estos requisitos, y por petición de la décima parte de los parlamentarios, las modificaciones acordadas deberían someterse a referéndum.
Basta con mirar al Senado, cámara en la que el Partido Popular disfruta de una cómoda mayoría absoluta, para concluir que el pacto suscrito entre Sánchez y Rivera carece de valor alguno si no cuenta con el apoyo del partido mayoritario en las cortes legislativas.
O dicho de otra forma, Pedro Sánchez y Albert Rivera se proponen suscribir un pacto que ya saben (¿lo saben, no?) que no pueden cumplir. Que cada uno saque sus conclusiones, pero si de algo están hartos los ciudadano es de que los políticos les tomen el pelo. Y lo de hoy suena, de entrada, a tomadura de pelo.

En sucesivas entradas veremos el resto de propuestas para el pacto. 

lunes, 22 de febrero de 2016

La farsa de los pactos (I). Negociaciones abocadas al fracaso legislativo

Artículo publicado en los diarios Liverdades y Publicoscopia. 

Los españoles estamos viviendo una farsa política. Cualquier pacto para llegar a La Moncloa es un pacto abocado al fracaso legislativo en el escenario de hung parliament o parlamento colgado que nos ha dejado la última cita electoral. Una situación inédita en nuestra aún joven democracia, pero que nos obliga a replantear de una vez el discurso de los partidos políticos en un Estado que no es presidencialista, y en que los ciudadanos ni votan ni eligen al Gobierno, sino exclusivamente a los diputados y senadores que conforman Las Cortes. Las urnas eligen al Poder Legislativo, no al Ejecutivo.

Si la izquierda, y entendamos que nos referimos a PSOE, Unidad Popular, Podemos, Compromís y las Mareas, quiere de verdad dar un giro a la política impuesta por el rodillo del Partido Popular y que ha despojado de derechos básicos a los ciudadanos, tienen que asumir que no será por la vía legislativa, pues alcanzar la mayoría absoluta que requiere derogar leyes perversas como la Reforma Laboral, la LOMCE o ley Wert o la maléfica Ley Mordaza, exigirá contar con el concurso de Esquerra Republicana y Bildu. Y aún así no sería suficiente, pues serían necesarios también los votos de EAJ-PNV. No tengo claro que estos últimos estuvieran dispuestos a acabar con las leyes laborales de la derecha, y tampoco que los partidos nacionalistas e independentistas en su conjunto no exigieran contrapartidas inasumibles para el PSOE. En esta tesitura, el único pacto de Gobierno real sería uno basado en la aprobación de decretazos, que estarían sometidos a unas cortes divididas, y en las que el Senado está en manos de la mayoría absoluta del PP.

El más razonable, pues, sería aquel que garantice la investidura de un Gobierno que no sea del PP y que proponga reformas legislativas orientadas al bienestar de la ciudadanía, incluso asumiendo el riesgo de que no lleguen a ser aprobadas, pero que permitan visibilizar a la ciudadanía que hay otra forma de hacer las cosas y que si no se hacen es porque la propia ciudadanía no ha facilitado las herramientas para ello. Y volver a convocar elecciones. No va a ser lo mismo que una nueva cita con las urnas sea convocada por un Gobierno de izquierdas que por uno de derechas empoderado electoralmente por la división de la izquierda.

En cualquier caso, pretender que se puede mantener un Gobierno de absoluta inestabilidad durante cuatro años es permanecer ajeno a la realidad. Y sobre todo, es un engaño.


miércoles, 27 de enero de 2016

Un Gobierno del Cambio debe comenzar por contar la verdad

Soy partidario de un gobierno de izquierdas, liderado por el PSOE (no necesariamente por Pedro Sánchez Pérez-Castejón), apoyado por Podemos y por Unidad Popular. Y estoy absolutamente en contra de cualquier tipo de pacto, por activa o por pasiva, que permita que el Partido Popular, con Mariano Rajoy Brey o con cualquiera otro de sus miembros al frente, siga gobernando este país. Creo que es lo que las urnas han pedido a los partidos políticos.

Esto no quita que no me gusten las formas, la arrogancia y el desdén con el que los miembros de Podemos miran al resto del arco parlamentario. Incluso a sus propios militantes y votantes. No me gusta esa premisa de que solo hay verdad si el podemismo forma parte de ella, o de que ‘el pueblo’ solo lo es con ellos. Que todo aquello que no cuente con su concurso no está libre de sospechas.

La propuesta de pacto de Pablo Iglesias, manifestada en la ostentosa rueda de prensa del viernes 22 de enero y en su pomposo artículo en El País del domingo 24 no me disgusta (otra cosa es el reparto de carteras puesto encima de la mesa, que prefiero ni comentar), pero es conveniente ir siempre con la verdad por delante. Podemos se lleva las manos a la cabeza por los acuerdos que mayoritariamente han relegado a sus diputados en la Mesa del Congreso o en la distribución de escaños, pero es el mismo Podemos que, por ejemplo, calló y consintió que se excluyera a Unidad Popular-Izquierda Unida del debate entre los líderes de los principales partidos y ahora no duda contar los votos los de Alberto Garzón Espinosa como propios, o que ha impedido con sus votos que se aprueben presupuestos claramente progresistas en comunidades como Asturias.

Pablo Iglesias reclama un pacto de progreso que “lidere los cambios constitucionales que demandan los ciudadanos”, pero sabe, sin duda, que al menos en esta legislatura, que será muy corta, no va ser posible abordar dichos cambios, porque no hay ninguna opción de conformar las mayorías parlamentarias que exigen dichos cambios. También compromete “nuevas fórmulas de encaje territorial” que sabe detenidamente imposibles por la capacidad de bloqueo que mantiene el Partido Popular en el Congreso y, sobre todo, en el Senado. Llegado el momento de abordar dichas reformas y fórmulas, ¿a quién pretende endosar Podemos el fracaso?

Una mayoría de izquierdas debe abordar, de forma urgente, y en eso no puedo estar más de acuerdo, el lamentable estado de emergencia social en el que el Partido Popular ha sumido a nuestro país y nos ha condenado a todos los españoles. En eso podemos y debemos estar todos de acuerdo. Derogar las maléficas y malintencionadas leyes del PP durante la nefasta legislatura anterior es posible, sin duda. Otras promesas me temo que tendrán que esperar a que la ciudadanía decida otorgar a la izquierda una confianza mayor que la actual. Y ocultar esa realidad no es un buen punto de partida para ningún acuerdo .



jueves, 31 de diciembre de 2015

Podemos en manos de Ada Colau y la abstención de Ciudadanos

Publicado en Publicoscopia

Hagamos un poco de política ficción. O no.

¿Y si el fracaso de Ciudadanos en las elecciones del 20 de diciembre fuera la clave para desalojar al Partido Popular de La Moncloa y evitar unos nuevos comicios que solo favorecerían opciones de Gobierno a PP y Podemos en detrimento, sin duda, del PSOE, pero, sobre todo, de la propia formación naranja?

Como ha quedado distribuido el arco parlamentario, los dizque “centristas” de Albert Rivera tienen en  su mano facilitar, incluso forzar, un pacto de la izquierda para una legislatura corta con toda seguridad, dada la mayoría absolutísima del PP en el Senado, pero que acarrearía la mayor crisis vivida  por este partido desde su refundación en 1986 de la mano de José Mª Aznar, situando a la fuerza naranja como principal voz de la Oposición. Frente a un PP en ruinas, un  Ciudadanos sólido protagonizaría, con “mando en plaza”, la alternativa al PSOE y Podemos al otro lado del Hemiciclo, pudiendo incluso decidir en qué momento se pone fin a la legislatura.

Al mismo tiempo, los de Albert Rivera obligarían a los de Pablo Iglesias a enfrentar sus propias contradicciones y convertir al partido circular en el único responsable de la repetición de las elecciones generales, derivada de anteponer los intereses del sector pro referéndum de la ‘caudilla’ Ada Colau a los de las castigada ciudadanía por el rodillo ‘popular’ de los últimos cuatro años.

Veamos los números. Incluso si Rajoy lograra, en segunda vuelta, sumar a su candidatura los votos a favor de Ciudadanos, Coalición Canaria y el PNV (difícil, pero no imposible), no llegaría a ser investido presidente, al contar con un máximo de 170 votos, frente a los 180 negativos de PSOE (90), Podemos (69), UP-IU (2), ERC (9), Bildu (2) y DYL (8). Hasta en el improbable caso de que los de Artur Mas decidieran sumarse, la derecha se quedaría a 2 votos de alcanzar la mayoría.

En esta tesitura, sería el segundo partido en número de escaños, ergo el PSOE, el llamado a intentar una mayoría de gobierno que, a priori, parece imposible conformar mientras Podemos y Pablo Iglesias permanezcan secuestrados por Ada Colau, la nueva monarca del nacionalismo catalán, ERC y DYL sigan instalados en la dinámica de la “desconexión” y los de Albert Rivera mantengan su apuesta de hacer centro por la derecha. Al tiempo que el propio PSOE mantenga la ‘línea roja’ de no pasar por el chantaje podemita de un referéndum de autodeterminación en Cataluña como condición para una mayoría de progreso en el Congreso.

Sin embargo, cabe una opción que se está explorando poco, aunque ya ha sido apuntada -con muy poca repercusión, por cierto- por el diputado en la Asamblea de Madrid Ignacio Aguado, que es la abstención de Ciudadanos en una votación de investidura de Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. Ante esta situación, el bloque del ‘no’ a un Ejecutivo encabezado por el todavía líder socialista podría quedar conformado por los 123 diputados del PP, los 17 de ERC y DYL y, pongamos, en el peor de los casos, por los 6 del PNV, los 2 de Bildu e incluso el único escaño de CC. En total 149 diputados frente a los 161 -mayoría simple y Gobierno en segunda vuelta- que podría obtener un acuerdo entre PSOE, Podemos e UP-IU con la abstención de Ciudadanos.

Desalojar al Partido Popular de La Moncloa estaría en manos de Podemos y su capacidad de renunciar -en aras del deseo de cambio expresado en las urnas el 20 de diciembre por los españoles - a su ‘línea roja’ pro autodeterminación, que debería quedar aparcada, aunque no necesariamente excluida de su proyecto político tras una legislatura que se antojaría corta por la capacidad de bloqueo a cualquier iniciativa legislativa de gran calado que el Partido Popular mantendría en la Cámara Alta, pero que significaría a la derecha extrema del PP como única responsable de la parálisis política del Estado, avocando a los de Rajoy y Aznar a un casi seguro proceso de guerra fratricida que hasta ahora solo se conoce en las filas de la izquierda, y dando a los Ciudadanos de Albert Rivera una -posiblemente única- segunda oportunidad de configurarse como alternativa para los electores del Partido Popular.

La abstención de Ciudadanos forzaría a Podemos a retratarse ante la sociedad española. Porque… ¿renunciarían los de Pablo Iglesias a la posibilidad de ver, por ejemplo, su famosa Ley 25 debatida en el Congreso solo para satisfacer las exigencias de Ada Colau? ¿Soportaría Podemos la responsabilidad de que el debate territorial impidiera el cambio de Gobierno que ansían mayoritariamente los españoles?

En una nueva campaña electoral derivada de su negativa a conformar una mayoría de progreso en el Congreso, la formación morada estaría obligada a explicar por qué, por ejemplo, votó el 24 de noviembre junto a la derecha contra los presupuestos de la Junta de Extremadura, lo que supone la total paralización del gobierno autonómico después de haber facilitado con sus votos la investidura del socialista Fernández Vara. O por qué, en términos similares, en Aragón, donde también apoyó la investidura del socialista Javier Lambán tras las elecciones de mayo, se ha negado a negociar cualquier tipo de acuerdo presupuestario, paralizando la política también en esta comunidad autónoma. O que en Asturias, donde los socialistas gobiernan con Izquierda Unida, Podemos se confabulara de nuevo con la derecha para bloquear los presupuestos para 2016. O que, incluso en Valencia, Podemos haya sumado sus votos contra medidas del PSOE y Compromís, su aliado electoral, en una actitud que, de momento, ya ha costado más de seis millones de euros a los contribuyentes valencianos.

Una serie de actuaciones de las que Pablo Iglesias y Podemos tendrían que responder antes de volver a pedir la confianza de sus electores por haber rechazado un acuerdo con el PSOE en nombre de la ‘línea roja’ de la autodeterminación para Cataluña impuesta por Ada Colau. Como argumentan los historiadores Justo Serna y Alejandro Lillo en un interesante análisis publicado por infoLibre, mientras Podemos se muestra, por un lado, “partidario de dialogar y pactar medidas que saquen a España del ‘inmovilismo’ y la ‘parálisis’, por otro traiciona, uno tras otro, a los gobiernos de izquierdas que no están liderados por su formación”. Aseguran Serna y Lillo, con toda razón, que si ese es el concepto de lealtad que tiene Podemos, “los votantes hemos de sentirnos estupefactos y hasta estafados o engañados. Este tacticismo y este oportunismo no son ejemplos de fair play; tampoco parecen una buena muestra de regeneración democrática o de respeto al adversario político”. Los dos historiadores denuncian en infoLibre que “con su actitud, Podemos demuestra, contrariamente a lo que afirma en sus declaraciones públicas, muy poco interés por el futuro inmediato de millones de personas, muchas de ellas en una situación desesperada tras años de gobiernos de derechas. En Podemos parecen estar supeditando sus ansias de poder y sus deseos de dañar, superar o desplazar al PSOE a la mejora de la vida del conjunto de la sociedad”.

Volviendo al argumento de este artículo, si, por el contrario, Ciudadanos obviara la abstención como posibilidad y optara por el ‘no’ a una investidura de Pedro Sánchez, la convocatoria de nuevas elecciones generales sería inevitable. Unos comicios que jugarían en contra de la formación naranja, pues lo más plausible es que estas se dirimieran entre dos posibles mayorías, la de Podemos, que podría lograr -como pretende con su estrategia actual, rayana al cinismo político- el sorpasso al PSOE, y la del Partido Popular, que lograría recuperar sin duda los votos de derechas arañados por Albert Rivera el 20 de diciembre a fin de evitar que Pablo Iglesias se siente en el despacho principal del Palacio de La Moncloa, llevando a Ciudadanos a la upedeización como consecuencia.

Seguramente, esta estrategia es la que se esconde en la declaración de Ignacio Aguado del pasado Lunes, que no pocos llegaron a creer que se trataba de una ‘inocentada’ de Ciudadanos, cuando aseguró que su partido podría plantearse la abstención en una votación de investidura del socialista Pedro Sánchez con el apoyo de Podemos, si este partido diera marcha atrás en su exigencia de hacer un referéndum en Cataluña, ya que se abriría "un nuevo escenario de negociación".

Si esta es realmente la voluntad de los naranjas, la pelota del cambio está en el tejado de Podemos, aunque la decisión no parece que vaya a estar en manos de sus venerados círculos, sino de la nueva lideresa de la política española, Ada Colau. Allá ellos.


OTROSÍ DIGO.- Bien es cierto que la otra posibilidad para evitar nuevas elecciones es una abstención suicida del PSOE que favorezca un Gobierno presidido por Mariano Rajoy, lo que se traduciría, a ojos del electorado, como la deseada ‘gran coalición’ que preconiza la derecha europea y supondría, de facto, la pasokización del socialismo español. Y, francamente, no sé a ustedes, pero a mí no me apetece divagar sobre ello ni en este ni en otros artículos.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Las ‘líneas rojas’ de Podemos

Casi con toda seguridad, el Partido Popular y su candidato, Mariano Rajoy, no lograrán una mayoría parlamentaria para formar Gobierno. En ese caso, y como segunda fuerza de la Cámara Baja, será el Partido Socialista quien deba intentar conformar una mayoría. El Comité Federal celebrado este lunes en Madrid ha establecido, en ocho puntos, las líneas fundamentales con las que, llegado el caso, pedirá su apoyo a los diputados y diputadas del Congreso.

1.    Un gran pacto por la recuperación justa, los buenos empleos, un sistema fiscal justo que luche contra el fraude y garantice la financiación de nuestro Estado del Bienestar, y la transición energética que nos permita luchar eficazmente contra el cambio climático. 

2.    Un pacto por la Educación, la Ciencia y la Cultura. 

3.    Un pacto por la regeneración democrática, la mejora de la calidad institucional y la lucha contra la corrupción. 

4.    Un acuerdo nacional contra la pobreza y en defensa del Estado del Bienestar, en particular, reactivando la Ley de Dependencia y recuperando la universalidad de nuestro sistema de salud, así como crear un Ingreso Mínimo Vital para luchar contra la pobreza infantil. 

5.    Un pacto social, político e institucional contra la Violencia de Género. 

6.    La reconstrucción del Pacto de Toledo para asegurar las pensiones dignas de hoy y de mañana. 

7.    Una ponencia parlamentaria para renovar nuestra Constitución, blindando derechos sociales, regenerando nuestras instituciones y federalizando nuestro modelo territorial. 

8.    Un acuerdo para renovar el compromiso de España con la integración europea. Garantizando el cumplimiento de nuestros compromisos con Europa. Recuperando el papel constructivo que tuvo España, con gobiernos socialistas, en el proceso de integración europea, avanzando hacia una unión social, política, económica y una mejor gobernanza democrática de la zona euro.


La pregunta es… ¿rechazará Podemos apoyar -incluso mejorar- estos ocho planteamientos para forzar unas nuevas elecciones sólo porque no se incluya la celebración de un referéndum de autodeterminación en Cataluña? ¿Seguirá Pablo Iglesias jugando a la ceremonia de la confusión con propuestas demagógicas como asegurar que sus diputados renunciarán a un plan de pensiones que no existe desde 2012 mientras acusa al PSOE de “hacer teatro”? Las respuestas urgen. Hay que gobernar España.