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martes, 25 de julio de 2017

Escraches vendo… que para mí no quiero

Editorial publicado en El Obrero.

El escrache sufrido por Pablo Iglesias, Irene Montero y otros miembros de Podemos mientras disfrutaban de su tiempo libre en un restaurante madrileño no ha gustado a los dirigentes de la formación morada.

Aunque Iglesias y los suyos han tratado de desviar su malestar a que desde el Partido Popular de Madrid se haya dado difusión el vídeo que recoge la bronca que un grupo de ciudadanos venezolanos infligió a los líderes de Podemos por su tibia actitud ante los sucesos que están teniendo lugar en su país, cabe recordar que el propio Pablo Iglesias fue quien definió en su momento los escraches como el “jarabe democrático de los de abajo”. Y que las acciones de protesta ciudadana solo tienen cobran valor si estas son conocidas por la opinión pública. Defender, pues, el escrache como legítima expresión de malestar de la ciudadanía y luego condenar que sea difundido, es una incoherencia.

Desde El Obrero defendemos la legítima protesta y reproche a los representantes políticos, pero condenamos la intromisión en la vida privada de los mismos, y que se violente la intimidad de sus familias y amigos, que no merecen ser objeto de situaciones como la vivida por Iglesias y sus acompañantes. Como tampoco lo merecieron dirigentes socialistas como Bibiana Aído o Leire Pajín, o populares, como la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.


Dice el saber popular que quien siembra vientos recoge tempestades. El escrache que tanto ha molestado a los dirigentes de Podemos, y que hipócritamente ha difundido a todo bombo el Partido Popular, debería ayudar a unos y otros a reflexionar si no es momento ya de intentar entre todos sosegar el debate político, rebajar el nivel de enfrentamiento y  recuperar el valor de la actividad parlamentaria como forma de mejorar la vida de la gente.

martes, 21 de marzo de 2017

Esperando al PSOE. Apoyo a Susana Díaz

Ayer me preguntaron cómo veo yo el PSOE y qué espero del #39Congreso. No sabía qué responder exactamente, y he recordado, otras vez, esta entrada que escribí en los primeros días de Octubre de 2012. En aquel momento, el secretario general aún era Alfredo Pérez Rubalcaba, que se había comido los marronazos de encabezar, primero, el cartel del PSOE en las dramáticas elecciones de Noviembre de 2011 -sabiendo que la debacle estaba garantizada- y, después, de liderar una organización abatida por el aplastante triunfo del Partido Popular. Entonces, ni siquiera había nacido el adanista fenómeno Podemos.

Creo que el 39 Congreso socialista debe dar respuesta a lo que planteaba entonces, porque aún no lo ha hecho. Es un tránsito que se vio abruptamente interrumpido por el enorme error de cálculo que supuso aupar a la secretaría general al entonces desconocido Pedro Sánchez Pérez-Castejón, tras la decisión de Rubalcaba, en mayo de 2014, de cargar sobre él mismo el pésimo resultado del PSOE en las elecciones europeas, así como no haber sabido impedir la estruendosa irrupción del partido de Pablo Iglesias en el escenario político.

El PSOE debe encontrar la forma de superar su pasado más reciente. Volver al origen de su crisis real, que no es la interna, sino la externa. Y debe ofrecer, ya, una respuesta sólida, creíble y resistente para un proyecto socialista ganador, a largo plazo, y para beneficio de todas las personas.

En mi opinión, y conocida la terna que concurre a las primarias de mayo, desde mi más absoluto respeto, admiración y afecto por el compañero Patxi López, la persona que encarna mejor los valores para tomar las riendas de ese difícil proceso es Susana Díaz.

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ESPERANDO AL PSOE

Publicado en Diario Progresista el 2 de octubre de 2012.

La izquierda (o, al menos, el subconsciente de la izquierda) está esperando al PSOE. Al mismo tiempo, siente que no ha superado todavía el descomunal enfado que, como a los buenos amantes que se saben condenados a entenderse porque son tal para cual, producen los ´cuernos´ de haberse dejado seducir por ´otro´, aún sabiendo "quién te quiere de veras".


La izquierda social, mayoritariamente, está esperando al PSOE. Porque, en su fuero interno, sabe que en sus más de 130 años de historia están depositadas las claves para coger, una vez más, el testigo del cambio y convertirlo en la llave que abre la puerta a la regeneración política, económica y social.

El amante herido, en el amor verdadero, perdona. Perdona en la misma medida que sabe que tu infidelidad no es distinta a la que uno mismo está dispuesto a cometer. Pero cuidado, aunque te siga amando profundamente, el amante apasionado no dudará yacer en otros lechos en busca del placer que una vez compartió contigo. Y podría encontrarlo, pues los buenos amantes no son únicos y exclusivos. Encontrar a otro que despierte en ti el mismo ideal que os hacía inseparables, no es imposible. Porque no es tu belleza ni tu envergadura lo que le había enamorado, sino la propia vivencia del amor la que interiorizó como tal. Las chispas se producen cuando dos piedras chocan, y de chispas muy relucientes puede surgir de nuevo el fuego que se añora.

En política sucede lo mismo. Los españoles han sido y son mayoritariamente socialdemócratas. Mientras el amor fue sincero y correspondido, el PSOE gozó de la confianza de su amante natural, que no es otro que la clase trabajadora que conforma la mayoría social y numérica de nuestro país. Entre 1982 y 1993 la pareja dejó la huella de un tórrido romance, en la que las dos partes aportaron lo mejor de cada uno. La mejor prueba de ello fue la sólida mayoría absoluta que durante 11 años permitió hacer las reformas que casi cuatro décadas de dictadura habían frenado tras la abrupta interrupción por las armas de la Segunda República. Los coqueteos con el capitalismo liberal entre 1993 y 1996, así como los devaneos con los abusos de poder y la corrupción, rompieron la relación. Una sonora separación que tiñó el mapa de España de azul con los diez millones de votos (estables) del Partido Popular, que, nos guste más o menos, sí que es (o era) fiel a su electorado mientras los votantes de izquierda abandonaban el domicilio conyugal que era la Casa del Pueblo del Partido Socialista.

Como les sucede a muchas parejas, la separación no fue definitiva, y el feliz reencuentro con José Luís Rodríguez Zapatero y la socialdemocracia, propició que los amantes se dieran una segunda oportunidad. Así llegó aquel feliz 14 de marzo de 2004, tras ocho lamentables años de gobierno de una derecha que aún no se había atrevido a mostrar del todo su verdadero rostro, pero que ya daba muestra de su temible autoritarismo y capacidad manipuladora. Una derecha capaz de amagar con una reforma laboral que la izquierda, aún no herida de muerte, supo frenar; hoy vemos que sólo momentáneamente. Capaz de negar el desastre medioambiental del Prestige, de mezclar restos mortales de nuestro soldados para apagar a toda velocidad el fuego del Yakolev 42, o de enviar a nuestros hijos y hermanos a la injusta guerra de Iraq, con las tremendas consecuencias que todos recordaremos siempre. 

Aquella segunda oportunidad propició seis años defelicidad y dos años de tortuosa relación. Porque Zapatero no supo gestionar la crisis de pareja y hacer uso del clásico “cariño, tenemos que hablar”, y prefirió, si bien es cierto que con gran honestidad e indudable buena intención, tomar unilateralmente decisiones que afectaban gravemente a la convivencia.

Soy de los que piensa que si, en mayo de 2010, el Presidente hubiese decidido mirar a la cara a los españoles y pedirle una esfuerzo para salvar la pareja, las cosas hubiesen sido de otra forma. Tenía que haber confiado en la sensatez de los españoles. Y ante la grave crisis que se nos vino encima a velocidad de vértigo, admitir que el contrato de convivencia firmado en 2004 -y revalidado en 2008- no podía mantenerse en los mismo términos. Que había que hacer ajustes, muy duros, que no formaban parte del acuerdo electoral del que nació aquella segunda oportunidad, y debían por ello ser consensuados convocando elecciones adelantadas.

Opino que esto hubiese permitido un plan de acción conjunto desde la izquierda que no eludiera los ajustes que todos deberíamos asumir, pero que garantizara los pilares básicos del Estado del Bienestar que, hoy, vemos cómo se diluye a golpe de Real Decreto cada temible viernes de Consejo de Ministros.

Creo que el PSOE se equivocó cuando prefirió someterse a los dictados de la tía rica de Alemania que amenazaba con desheredarnos si no cumplíamos sus estrictas exigencias. Igual que también creo que todavía no ha sabido pedir perdón de forma creíble por ese error, y que mantiene una posición que no permite visibilizar el arrepentimiento por haber abandonado la senda socialdemócrata -de nuevo la infidelidad- y, mucho menos, un verosímil propósito de enmienda.

Las protestas que cada día inundan las calles de nuestro país con un arcoíris de mareas que luchan por defender la Educación, la Sanidad, la Justicia, la dignidad del funcionariado... el Estado del Bienestar en sí, no se traducen en el acercamiento que debe patrocinar el viejo dicho de “a la tercera va la vencida”. Al mismo tiempo, los trabajadores ven cómo la generación nacida de la feliz pareja surgida en 1982, decide tomar la iniciativa y reclamar, con la fuerza de la razón y la sensatez de quien sabe que hay otros caminos que también llevan al amor, nuevas formas de hacer política. Una generación que se siente huérfana y está pidiendo a gritos formar parte de una gran familia que, si el PSOE no le ofrece cuanto antes un hogar, acabará por construir su propia casa, en la que dar cabida a los cambios que necesita un modelo de sociedad que hace tiempo que está agotado.

Dice Rubalcaba que lo revolucionario no es abrir ventanas del PSOE hacia fuera, sino salir fuera nosotros. Pues eso, salgamos de una vez. Porque ahífuera nos están esperando. Están esperando al PSOE.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Guerra: “Los populistas no quieren que haya ricos, y los socialistas lo que queremos es que no haya pobres”




Publicado en El Socialista Digital

Alfonso Guerra, presidente de la Fundación Pablo Iglesias ex número dos del PSOE entre 1979 y 1997 y diputado en el Congreso desde 1977 hasta 2015, ofreció ayer en Gijón lo que en el mundo académico se define como una “lección magistral” sobre la historia, el pasado reciente y, también, el futuro del socialismo español. Guerra advirtió contra el desánimo en las bases socialistas y describió, con crudeza pero sin pesimismo, una situación política en la que impera el populismo fácil alimentado interesadamente desde las cadenas de televisión, y en la que los socialistas están llamados a “cambiar de estrategia” ante la nueva realidad socioeconómica sin perder de vista los principios sobre los que nació el PSOE hace 137 años, especialmente, dijo, “en aquellos centrados en la libertad y la igualdad”.
Alfonso Guerra nunca defrauda, y ayer volvió a demostrarlo ante el auditorio asturiano que contó con él como plato fuerte en un almuerzo celebrado en Gijón para celebrar el 125 aniversario de la agrupación de esa localidad.
Guerra, que comenzó su disertación sobre la historia, el pasado, el presente y el futuro del socialismo, recordando cómo relató el histórico periódico El Socialista, el nacimiento de la agrupación gijonesa, y lo hizo, con un ejemplar del mismo bajo el brazo, advirtió de la necesidad que, como los asistentes al acto, tienen los socialistas de “escuchar sin prejuicios y emitir palabras sinceras”, frente al discurso de algunas nuevas fuerzas políticas a las que describió, con ese humor socarrón que siempre le ha caracterizado, como sietemesinos comparados con el más que centenario Partido Socialista.
Así, el presidente de la Fundación que lleva el nombre del fundador del PSOE, recordó que a finales del siglo XIX, España vivía con unos contrastes sociales tremendos, muchos más graves que los que hoy se viven, de injusticias insoportables, y que “la vida de los campesinos era infrahumana, pues trabajaban de sol a sol” -lo que describió como unos de los primeros logros sindicales, porque antes trabajaban “de luz a luz, que era mucho peor, “malvivían en infraviviendas sin condiciones de habitabilidad, carecían de prestaciones sociales, y no había participación en la vida política para los trabajadores y los campesinos”. “Fue en ese contexto”, recordó Guerra, “que Pablo Iglesias y un grupo de compañeros fundaron el PSOE hace 137 años”, y desde entonces, “la sociedad española y el partido socialista han caminado en una trayectoria paralela”.
También recordó que, precisamente mañana [por hoy, 5 de diciembre], “se cumplen 40 años del XXVII congreso de nuestro partido, al que asistieron líderes como Willy Brandt y el asesinado Olof Palme, y que fue entonces cuando el PSOE inauguró la que llamó “una técnica de conquista de parcelas de libertad” que, en la práctica, supuso el “inicio real de la Transición”. Guerra destacó de esa etapa la disposición del PSOE a colaborar en la “construcción de una sociedad libre y democrática”, cuyo mayor exponente sería la Constitución Española de 1978, “que da lugar a una etapa de libertad y prosperidad desconocida en nuestra historia”, y que el veterano dirigente lamentó ver cómo hay quien ahora “dispara contra esa operación en la que el PSOE fue gran protagonista”.
En este sentido, Alfonso Guerra cargó contra quienes aseguran que “no les gusta aquel paso de la dictadura a la democracia y hablan de una segunda transición”, por lo que se preguntó que si aquella tras la muerte de Franco fue un tránsito de la dictadura a la democracia, “adónde quieren llevarnos”, para concluir que, “posiblemente, a un nuevo régimen con más similitudes al anterior que al actual”.
El ex diputado por Sevilla desde la I Legislatura hasta 2015, recordó también el importante paso del PSOE por la gestión municipal desde los primeros años de la democracia, lo que para él fue la clave para llegar al triunfo de las elecciones de 1982, cuando el partido sentó a 202 diputados en la Carrera de San Jerónimo e inició la que describió como la “transformación total de España” y la era “de las grandes universalizaciones”, como la sanidad, la educación o el sistema de pensiones. Guerra recordó también que durante el paréntesis de 1996 a 2004, el Partido Popular se dedicó hacer justamente lo contrario, y que hubo que esperar a que llegara de nuevo el PSOE al Gobierno para que los españoles volvieran a avanzar en derechos y libertades.
“LA MODERNIZACIÓN NO PUEDE HACERSE DESDE EL ADANISMO POLÍTICO”
Un resumen necesario el esbozado por Alfonso Guerra, “para saber qué ha pasado en España y qué debemos conocer, porque las respuestas que nosotros demos van ser muy importantes para las nuevas generaciones”. Por ello, reclamó de los militantes y dirigentes socialistas “mirar hacia fuera, y no ensimismarse mirando hacia dentro”. Porque, según advirtió al auditorio de medio millar de socialistas gijonenses, “somos herederos y estamos al final de una larguísima fila”. “Las tareas de modernización”, aseguró, “no pueden hacerse desde el adanismo, pensando que todo es nuevo”.
“El mundo ha cambiado mucho”, reconoció, recordando que, por ejemplo, en 1945 el movimiento obrero conquistó el derecho a las prestaciones sociales “como contraprestación al derecho empresarial a los beneficios”, momento en el que situó el nacimiento del Estado del Bienestar. Sin embargo, Guerra recordó que ya en 1972, con la primera crisis del petróleo, comenzaron a cuestionarse las prestaciones sociales, y que cuando se hundió la URSS, “lo que llamaron el fin de la historia”, algunos creyeron que ya no era necesaria más lucha por el triunfo del capitalismo liberal, y que todo serían democracias pujantes; que los que venían del comunismo se transformarían en países muy desarrollados y muy justos, pero que la realidad demostró lo falso de tal argumento al darse de bruces con la guerra étnica de la extinta Yugoslavia, demostrando que no estaba tan claro que fuera tal “el fin de la historia”.
Asimismo, Guerra constató que la revolución tecnológica o la globalización de la economía parecieron algo muy bueno para el desarrollo de las naciones, y admitió que “lo habrá sido para incrementar los comercios, y el intercambio de valores, pero no lo para la Igualdad, sino que lo que ha crecido es la desigualdad”. “En cuanto el capitalismo se ha vuelto financiero”, dijo, “ya no quiere saber de las condiciones de los trabajadores”.
“Y ante esto”, se preguntó, “¿qué tenemos que hacer los socialistas? ¿Cambiar nuestras propuestas?”. Para Guerra, “en parte sí y en parte no”, y recordó las palabras de John Maynard Keynes, “ese gran economista al que siempre acudimos los socialistas”, quien dijo que “cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión. ¿Y usted qué hace?”.
CAMBIAR LA ESTRATEGIA SIN PERDER DE VISTA LOS PRINCIPIOS EN UN CONTEXTO “AHÍTO DE INFORMACIÓN Y AYUNO DE CONOCMIENTOS”
“El socialismo tiene que cambiar en cuanto a la estrategia a seguir, pero no en cuanto a los principios a defender, sobre todos en aquellos centrados en la libertad y la igualdad”, respondió Guerra. “Parece que la socialdemocracia europea no se ha percatado de esto, pero se confió en que la revolución tecnológica crearía muchos puestos de trabajo, y no ha sido así. Por eso”, aventuró, “la tendencia será a la reducción y al reparto del tiempo de trabajo. Iremos a cuatro días de trabajo a la semana porque eso facilitará extender el empleo a muchos otros”.
El presidente de la Fundación Pablo Iglesias llamó también la atención sobre el hecho de que “ha cambiado el enemigo”. Mientras en el XIX era “el empresario explotador, ya no es así, pues ahora son los grandes grupos financieros internacionales”. Si entonces “la religión era el opio del pueblo, ahora es la información”, advirtió.
“Estamos ahítos de información y ayunos de conocimiento”, una realidad en la que Guerra sitúa el triunfo de los populismos, “variados en cuanto a su origen, pero poco variados ideológicamente”. Por ejemplo, dijo, “hay populismo en aquellos gobiernos o partidos que quieren gobernar atendiendo a las encuestas, que dan respuesta a sectores de la sociedad, pero no la Sociedad”.
Para diferenciar entre el populismo y el socialismo, Guerra definió una regla que permite hacer una clara distinción: “los populistas no quieren que haya ricos, y los socialistas lo que queremos es que no haya pobres”. La aparición de la que definió como la izquierda regresiva, “que se pone etiqueta de izquierda pero es totalmente regresiva frente a la izquierda progresista, los populismos, la xenofobia, los autócratas…”, sitúan el socialismo en un plano muy complicado, aseguró. Pero “debemos dejar de lamentarlos y construir un mundo mejor. Combatir por la libertad y la justicia social, contra la corrupción y hacer que Europa sea eficaz”.
En un panorama internacional en el que EEUU elige presidente a un personaje como Donald Trump, en el que otro como Putin gobierna en Rusia, y en el que no es descartable que Francia caiga en manos de la ultraderechista Marie Le Pen, Guerra considera necesario recordar que “creímos aquello de que Hitler o Mussolini no volverían, pero vuelven”, advirtió. “Y tenemos que luchar contra eso. Y hacerlo con esperanza y con entusiasmo”.
ACTUAR CON LA RAZÓN Y NO CON LA EMOCIÓN
“La izquierda se preocupa mucho tener modelos”, afirmo Guerra, “pero lo importante es tener un proyecto para la nación” reclamó. Por ello aseguró que no hay que tener miedo a hablar con todos. “Cuando uno tiene convicciones no teme entrar en la gruta del dragón”, afirmó, “por eso siempre hemos mantenido los principios negociando con unos y con otros”. En este sentido, recordó que Largo Caballero negoció “hasta con la dictadura de Primo de Rivera”, o que la colaboración con los partidos republicanos, “que eran los partidos burgueses”, en lo que se llamó el bienio rojo, no logró “una república de clases, sino de colaboración de clases”. Y que tras el bienio negro de gobierno de las derechas en la Segunda República, surgió el Frente Popular en el que el PSOE negoció con anarquistas y comunistas. Guerra equiparó aquellos acuerdos con los logrados en la Transición, cuando el PSOE, “en beneficio de la democracia y de la libertad de todos”, negoció con los que procedían de la dictadura, y recordó que el venerado Adolfo Suárez había sido Secretario general del Movimiento, “pero que los socialistas vimos la necesidad de negociar, porque siempre hay que hacerlo preservando los principios y favoreciendo a la población más necesitada”. Oponerse a todo, advirtió, “es actuar con la emoción y no con la razón y, aunque los sentimientos son muy importantes en la vida de las personas, a la hora de negociar lo que tiene que primar en la razón”.
Recuerdos de momentos históricos que tuvieron como protagonista esencial al Partido Socialista y que sirvieron a Alfonso Aguerra para enlazar con la situación actual en España. “Ahora se hace Oposición, que es controlar al Gobierno”, afirmó, “pero también es acordar”. Y puso como ejemplos que solo en los últimos días, se ha logrado una importante subida del 8 % en el Salario Mínimo Interprofesional, se ha paralizado la LOMCE y se han puesto las bases para un gran pacto por la Educación. Se ha comenzado a enterrar la ley mordaza, y se ha logrado que el Gobierno aumente su previsión sobre el techo de gasto. “Eso es también hacer Oposición”, aseguró el veterano ex diputado sevillano.
LOS RETOS DEL PSOE ANTE LOS NUEVOS PARTIDOS “SUPREMACISTAS”
Para seguir en esa senda de logros para todos, Guerra aseguró que “el PSOE tiene que fundamentar su trabajo en la democracia y en la disciplina democrática”, y rechazó, sin querer citar a nadie, aunque en la sala nadie tuvo dudas de a quiénes se refería, a los que “exigen votarlo todo, pero si no sale lo que ellos quieren, entonces el voto no vale y no se respeta”.
A este respecto, el ex número dos socialista lamentó que se haya “perdido el sentido de la responsabilidad y que la gente vote emocionalmente, pero sin mirar las consecuencias”, por lo que aseguró que en eso, los socialistas tienen que ser muy combativos. “Los problemas no desaparecen por ignorarlos. Si los partidos nuevos son autócratas y encierran un peligro para la democracia, no podemos ignorarlos, hay que combatirlos”. Guerra aseguró que quien actúa con una “superioridad moral, los supremacistas, son partidos contra el sistema democrático”.
Por ejemplo, lamentó que los medios de comunicación no reflexionaran tras las recientes elecciones en Euskadi sobre el hecho de que EH Bildu haya doblado en diputados tanto al PP como al PSE-EE, sobre todo teniendo en cuenta que durante muchos años estos partidos “pusieron los muertos y los otros pusieron a los asesinos”. “¿Cómo es posible que la sociedad vasca haya dado el doble de diputados a los que mataban que a los que fueron asesinados?” Guerra consideró “impresionante” la ausencia de comentarios en los medios a este respecto y concluyó que “algo tiene de enfermedad esta sociedad que legitima esto”.
De igual forma se quejó de que “los rufianes” puedan permitirse el lujo de acusar al PSOE de ser “socialtraidores” sin que se generara un movimiento unánime de condena a semejantes palabras dentro del PSOE. “Debemos un respeto a quienes crearon el partido”, reclamó Guerra, quien pidió “rebelarse contra los rufianes de la política”, sobre todo porque “el que actúa como un matón en un set de televisión parece tener seguro un puesto en el Congreso, y el que actúa como un matón en el Congreso tiene enseguida a un set de televisión para él”. Sobre esto, preguntó cómo se entiende que “dos cadenas de TV estén al servicio de Unidos Podemos y de los rufianes”. Y él mismo contestó que hay un acuerdo de la derecha para que esto sea así, porque estos partidos y esos dirigentes “son la garantía de que gobierne la derecha”. Siempre que se divide a la izquierda, gobierna la derecha”, remachó.
LOS NACIONALISMOS DESTRUYEN NACIONES Y LOS POPULISTAS LEVANTAN MUROS
Para finalizar su disertación, Alfonso Guerra aseguró que “los nacionalismo destruyen las naciones, y los populistas quieren levantar muros. La realidad es que no hay populistas de derechas o de izquierdas, son meras etiquetas”.
El ex dirigente federal advirtió también que cuando, a pesar de la propaganda de la derecha, ni siquiera hemos salido de la crisis, la reforma de la Constitución no lo arregla todo”, por lo que consideró conveniente dejar de hablar de la reforma de la Constitución y comenzar a hacerlo de “reformas en la Constitución; de cosas concretas que se pueden hacer y se deben hacer”, y alejarse de quienes quieren “ponerla en causa”. Por ejemplo, renegó que aquellos que defienden la “falsa idea” de que España es una nación de naciones. “El concepto de nación está ligado al concepto de soberanía, y la soberanía debe ser de todos los españoles”, aseguro, al tiempo que manifestó su preocupación porque ese “veneno” llegue los socialistas. “Nacionalismo y socialismo son incompatibles, lo diga quien lo diga”, sentenció.
Guerra cerró su discurso recordando que “las grandes proclamas no producen nada” y exigió claridad en el discurso socialista. “¡Fuera ambigüedades!”, exigió ante los presentes. “Seamos claros siempre. Hagamos mejores administraciones, una legislación unificada, infraestructuras, energía, transportes, comunicaciones… que son una predistribución de la riqueza. Demos solución a los problemas de las pensiones, los impuestos… Hagamos políticas con sentido común y demos esperanza, porque no puede ser todo negativo”.
Por último, Guerra advirtió que “el odio a la derecha no puede ser el programa del PSOE, por muchos méritos que haga para ese odio”. Pidió a los socialistas cambiar el discurso en cuanto adonde se dirige, para no hacer un discurso de minorías. “Naturalmente”, dijo, “hay que salvaguardar los derechos de las minorías, pero no se trata de contentar solo a unos sectores, hay que ir a un discurso de mayorías preservando los derechos de todos”. Para Alfonso Guerra, esta será “la única manera de reconquistar el apoyo de la sociedad para cambiar las cosas. 125 años después” (en referencia al aniversario del PSOE de Gijón), tenemos que seguir siendo fieles, con orgullo de lo que decían los que fundaron este partido”.
Lo dicho, Guerra nunca defrauda, y la cerrada ovación con la que los que escucharon su discurso de casi una hora celebraron sus palabras fue, una vez más, una prueba de ello.

martes, 3 de julio de 2012

El psicoanálisis federal de Elena Valenciano

Cuando Elena Valenciano, es una nueva muestra del poco valor que la dirección federal del PSOE parece dar a las bases del partido, afirma  que Tomás Gómez se está posicionando más en "la izquierda de la izquierda" porque “quiere curarse de las heridas electorales", lo que en su opinión “sólo sirve para estar en la oposición”, transciende su papel de vicesecretaria general del partido para erigirse, al parecer, en psicoanalista del líder que los socialistas madrileños decidieron eligieron para dirigir el PSM. Basta con que Valenciano tuviera unos minutos para leer el documento marco que el congreso de los socialistas madrileños aprobó por abrumadora mayoría, para inferir que, con sus declaraciones, Gómez no hace otra cosa que cumplir el mandato que la militancia madrileña puso en sus manos, que no es otro que llevar al PSM, sí, a la izquierda, a la vanguardia del PSOE, y hacer una oposición dura y responsable. Sin confundir responsabilidad con consensos que el Partido Popular, ni espera, ni necesita, ni mucho menos va agradecer relajando la presión en su decidida apuesta de aprovechar la crisis para reconducir a nuestro país hacía el modelo ideológico de la derecha neocon. La descalificación de Elena Valenciano a las declaraciones de Tomás Gómez podría traducirse, puestos todos a psicoanalizar, en la descalificación de la dirección federal del PSOE al legítimo y democrático mandato de la militancia del PSM a su líder.

Según Europa Press, Valenciano, igual que hizo el otro día en 24 horas, ha vuelto a insistir en que "hay partidos socialdemócratas que después de perder unas elecciones se van a la izquierda, se quedan curándose ocho años y otros ocho volviendo al sitio en el que tienen que estar. Es decir, 16 o 17 años en la oposición". Algo que Valenciano ha ejemplificado con el caso del partido socialista francés, que “ha pasado 17 años en la oposición”. Parece olvidar la vicesecretaria general del PSOE que de los 17 años de inquilinato de la derecha en el Palacio del Elíseo, cinco lo fueron de cohabitación con la izquierda, entre 1997 y 2002, cuando el socialista Lionel Jospin fue primer ministro, de la misma forma que los 14 años de mandato de François Miterrand también lo fueron, en algunos momentos, de cohabitación con la derecha de Jacques Chirac, que fue primer ministro antes de hacerse con la Presidencia de la V República. Y lo que es más importante, que François Hollande ha conseguido ocupar el Elíseo una vez que el Partido Socialista Francés, lejos de curarse las heridas, ha dado un decidido giro a la izquierda con un programa de gobierno cargado de propuestas muy similares a las que los socialistas madrileños han defendido y defienden. Ideas que Tomás Gómez, en cumplimiento del mandato de las bases del PSM, proclama en voz alta, como no podía ser menos. Como ha hecho Hollande, con indiscutible éxito, toda vez que la derecha representada por Sarkozy, muy del estilo de la de Rajoy, así lo hizo necesario. 

Finalmente, Valenciano ha indicado que con los seis meses que lleva el PP en el Gobierno ha hecho "bueno" al PSOE. Tal vez por eso mismo, las encuestas, tan del gusto de Ferraz, indican que en un escenario electoral los españoles no devolverían al poder a los socialistas, y que, a pesar de la que está cayendo, el Partido Popular lograría mantener el Gobierno y “curarse” sus propias heridas sin salir de La Moncloa.


sábado, 12 de mayo de 2012

15-M, un año después

Algo, tal vez el principio de un cambio impulsado desde las bases de la Sociedad, parecía gestarse en mayo del pasado año, cuando miles de personas de todas la edades, pero, sobre todo, jóvenes, decidieron ocupar las principales plazas de España en señal de protesta contra un sistema que ha dejado de funcionar y que pide a gritos reformas para llegar a ser lo que se supone la esencia de los estados democráticos, el poder del Pueblo por y para el Pueblo. Ha pasado un año y las cosas han empeorado.

Ni las más optimistas previsiones hacían pensar a los promotores de la manifestación del 15 de mayo de 2011 el éxito que esta iba a tener. Decenas de miles de personas ocuparon las calles de Madrid y otras capitales para reclamar “democracia real ya” y un necesario cambio de rumbo. 24 horas después, un pequeño grupo de personas, menos de 100, decidían iniciar una acampada en la Puerta de Sol con la que mantener la llama que sólo un día antes, el éxito de la manifestación parecía haber encendido y consideraban necesario que no se apagara. Pero la Policía, cumpliendo órdenes, decidió abortar la iniciativa. 

Si quien dio aquella noche la orden de desalojo hubiese intuido lo que sucedería durante las semanas sucesivas, nunca la hubiese cursado. Las redes sociales, esa arma incontrolada –aún– por los poderes públicos, capaz de hacer que una pequeña noticia dé la vuelta al mundo en pocos minutos, mostraron tal indignación que la hazaña abortada se multiplicó por mil en cuestión de horas. La noche siguiente, de la audaz iniciativa de pasar la noche a la intemperie que aquel escaso centenar de personas no había logrado sólo unas horas antes, devino otra, incontrolable y, sin embargo, sorprendentemente organizada, que los libros de Historia recordarán siempre como el movimiento 15-M, protagonizado por los indignados. El centro neurálgico de la capital de España se convirtió, durante casi tres meses, en unaminiciudad autoabastecida, sostenible y de funcionamiento extrema y exageradamente democrático.

Quien firma este texto compartió con los indignados los primeros días de la acampada que puso en jaque al sistema durante semanas. No hay mayor justicia que reconocer lo que es cierto, y lo que sucedió durante los primeros días en la Puerta del Sol, rebautizada Plaza de la SOL-ución, sólo podía definirse como el regalo de una impresionante lección de civismo. Los motivos, los lemas, el desarrollo pacífico y ejemplar de aquellos días, difícilmente podrán ser olvidados por quienes estuvimos allí. Tampoco la corriente de simpatía generalizada que aquel comportamiento despertó en una ciudadanía que comenzaba a sentir los efectos de esta crisis que ya se siente en cada hogar, y que, igual que la primavera árabe y las concentraciones en la ateniense plaza de Syntagma impregnaron el sentimiento de indignación generalizada en España, contagió al resto de Europa y del mundo, donde se sucedieron, también, acampadas de protesta que pretendían abrir los ojos de una case política a la que se le demandaba “bajar a la Tierra” y compartir el malestar de la ciudadanía.

Se estaba produciendo, además, o al menos lo parecía, una aparente repolitizaciónde la población, que, sorpresivamente, comenzaba a organizarse en asambleas para debatir y proponer alternativas al statu quo del momento, claramente insatisfactorio. 

Sin embargo, toda esa movilización que llamaba a mejorar la democracia -que de eso se trataba, y no de otra cosa- no se tradujo en la única movilización que podía favorecer un cambio, el cambio. Las elecciones autonómicas y locales, celebradas el 22 de mayo, en pleno apogeo del movimiento de los indignados, y las generales de noviembre, después, se caracterizaron por un fuerte abstencionismo que favoreció un demoledor triunfo de la derecha política y económica, y tiñó de azul el mapa del poder en nuestro país. El PSOE, como todos los partidos europeos en el poder cuando comenzó la crisis, pagó la factura del descrédito que la misma había procurado a la clase política, y ni los socialistas, ni Izquierda Unida (realmente) ni los partidos minoritarios, se vieron favorecidos por el voto de la que se suponía una ciudadanía dispuesta a cambiar el estado de las cosas. La ´revolución de los indignados´, que habían hecho de “le llaman democracia y no lo es” el principal lema de su movilización, no generó el uso de la mejor herramienta que el sistema democrático ofrece para decidir el camino que debe seguir un país, y los electores, creyendo castigar a los políticos por sus muchos errores y faltas, no lograron evitar que todo el poder territorial cayera en manos de la dinastía política desde cuya ideología y forma de entender la economía se fraguó la crisis que había dado pie al 15-M. 

Lo sucedido después forma parte de nuestro oscuro presente. La derecha dominante no ha perdido ni un solo minuto para aplicar –en nombre de la crisis y de las múltiples mayorías absolutas obtenidas– su programa ideológico, y ya ha comenzado a desmantelar el todavía débil Estado del Bienestar español, en el que nunca ha creído y que considera que sus votantes no tienen por qué pagar sin obtener rédito a cambio. Y por rédito sólo entienden beneficios de explotación. En ningún caso, cobertura de prestaciones que, en su egoísta forma de entender lo organización de la sociedad, cada ciudadano podrá tener si puede costeárselas, renunciando a ellas en caso contrario, pero financiando con sus impuestos el sistema que garantice el pleno rendimiento del modelo social impuesto y, en todo caso, unos mínimos que eviten que el Estado deje morir de hambre a los españoles (y sólo a los españoles).

Desde hoy, los indignados vuelven a las plazas “por cuatro días”, para conmemorar el aniversario de lo que llegó a parecer una luz esperanzadora. Lo hacen en un entorno mucho más hostil, con una ciudadanía mucho más amenazada por el mismo sistema que quisieron combatir hace un año, y en una democracia mucho más devaluada por un poder que funciona a base de decretazos y huye del diálogo y la negociación. 

A uno no le queda muy claro qué se quiere celebrar, pero le gustaría pensar que la revitalización de aquella fuerza motriz de mayo de 2011 pueda, esta vez sí, empezar a abrir los ojos de un pueblo anestesiado y temeroso que está viendo, impotente, cómo pierde los muchos avances, aunque insuficientes, que el imperfecto sistema democrático español ha venido logrando en los últimos 30 años. Y de paso, de una izquierda que está necesariamente llamada a que el cambio que reclaman los indignados, la mayoría ciudadana en general, pueda materializarse alguna vez.