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miércoles, 17 de mayo de 2017

Sí es socialismo, Pedro. Yo, con Susana

"Unos desembarcan en Normandía. Otros desfilan en París".
Marcial Vázquez, polítologo y autor del libro Los Cuervos de la Democracia.


Según ha explicado la propia Susana Díaz en la presentación este miércoles del documento con el que pretende enmendar la Ponencia Marco del 39 Congreso, el PSOE que ella quiere dirigir y llevar al Gobierno, contempla que el Estado asuma la responsabilidad de situar a la Juventud española en condiciones de abordar su propio futuro de forma independiente, sin que las diferencias de origen o situación familiar les impida competir en situación de igualdad de oportunidades.  



Un crédito de 24.000 euros que permita a cada joven elaborar su propia agenda vital, sin intereses y sin obligación de restituirlo al Estado, en tanto no alcance la solvencia necesaria para hacerlo sin menoscabar su integración como ciudadano, lo que se garantiza encomendando  a la liquidación de IRPF la amortización del adelanto facilitado por el Estado.

Cada joven podrá decidir, según su propio diseño, si ese dinero lo emplea para afrontar su salto al mercado laboral o al emprendimiento. O si los dedica a la formación académica suplementaria; llámese posgrado, máster… Es un modelo que entiende que en la realidad socioeconómica del siglo XXI, una licenciatura universitaria ha pasado a ser una simple licenciatura, y que superar ese escalón ha quedado fuera de las posibilidades financieras de la familia media española. El crédito podría ser de 6.000 euros al año durante cuatro años, o de 8.000 durante tres ejercicios, o recibirse en su totalidad para abordar proyectos de emprendimiento, que estarían, necesariamente, tutelados por la administración. Los jóvenes, así, se evitarían tener que acudir al sistema financiero privado y ahogarse en las abusivas condiciones y tipo de interés que allí encontrarán. Una nueva responsabilidad para el Estado, con un plan que no afecte al déficit.

En tanto no se produzca la que permanece pendiente desde que los de Mayo del 68 -y, más recientemente el movimiento Occupy, 15M en España- la propuesta de Susana Díaz sí que alberga toda una revolución. Por eso ha ocupado la mayoría de los titulares tras conocerse. No es para menos. Define un modelo de sociedad que va más allá de una mera propuesta electoral. Es integrador, protector e impulsor de nuevos valores ciudadanos y socioeconómicos. Recupera y sana el concepto herido del Estado del Bienestar.

Los de Mayo del 68 triunfaron e hicieron caer al gobierno del General De Gaulle, que acabaría dimitiendo y abandonando el Eliseo solo unos meses después. Como respuesta los franceses erigieron en su lugar -en primera y única vuelta- al ex gerente general de la Banca Rostchild,  Georges Pompidou. Irónicamente este había sido el primer ministro francés, la bestia negra que la revuelta estudiantil creía haber derrocado. Fue, como curiosidad, el único presidente francés que murió en el ejercicio de su dignidad. En España, el ejemplar y necesario movimiento 15M, como los jóvenes indignados de los sesenta liderados por Daniel Cohn-Bendit (Erik, “el rojo”), esa corriente de ilusión y rebeldía que inundó la conciencia y los corazones de tantos españoles, fueron sucedidos en escaso tiempo por dos severos e inapelables triunfos electorales (mayo y noviembre de 2015) de la más rancia y corrupta derecha neocatolicaliberal. A pesar de su noble espontaneidad y originaria buena intención, el pos15M profundizó aún más en la crisis de una socialdemocracia herida de muerte, y engendró el fallido proyecto ciudadano que hoy es Podemos. Y en esa situación nos encontramos hoy. A cuatro días de que el futuro del PSOE se empiece a decidir con el primer paso hasta el 39 Congreso que suponen las primarias del próximo domingo.

El documento de Díaz se enfrenta de tú a tú –aún no he conseguido entender cómo hemos llegado hasta aquí- a la candidatura de Pedro Sánchez, cuyo cambiante programa de hasta seis versiones diferentes en pocas semanas -a fuer no de colocarlos en primera página- está contaminado por esa condición de ciervo herido en la que permanece atrapado. Una suerte de Conde de Montecristo español dispuesto a dilapidar el tesoro del abbé Faria - lo que para él es el PSOE- en culminar con éxito su venganza por la defenestración del 1 de octubre, su personal y tortuoso Castillo de If. Con la imprecisa y vaga promesa a las ilusionadas bases socialistas -Sánchez en estado puro- de que dedicará el resto del capital del viejo monje -si quedare- en "hacer socialismo". 


Sánchez, para lograr su añorado ajuste cuentas, propone a las masas devolver al PSOE al momento de absoluta indefinición y alejamiento del electorado en el que abundó su mandato como secretario general. Al grito de “todos contra el PP” con el que apela al corazón de su -ahora- descubierta e idolatrada militancia, de la que se revela como única voz.  ¿Acaso hay un solo socialista que no desee que el Partido Popular sea algún día, mejor no muy lejano, un mal recuerdo para la Historia de España? En la simpleza del emplazamiento reside el temor de ver a Pedro Sánchez otra vez al frente del PSOE.

Como era tan previsible en el personaje, Sánchez ya ha apelado al voto útil que espera pescar en el caladero de la ría de Bilbao que bordea Portugalete. Engreído de ir a lomos de una "corriente de ilusión" que quiere recuperar “el PSOE de siempre”. Ese que elude definir, pero del que podemos asegurar -sin temor alguno  a equivocarnos- que Pedro ve como a las naciones: “un sentimiento que tiene mucha ciudadanía” -mucha militancia, en este caso- “por razones culturales, históricas o lingüísticas”. O ideológicas, se entiende. Pedro prevé suplir la carencia de más concreción para un proyecto real y definido, abrazando el bolivarismo chungo de lo que ya es el Podemos de Pablo Iglesias, con el que comparte el pueril convencimiento de que España se arreglará sola desahuciando a Mariano Rajoy de La Moncloa.



Por eso no ha tardado en apelar al hígado socialista -que su campaña ha sabido desplazar al cerebro de sus miles de seguidores- y al conocer la idea que más impacto ha causado del documento presentado por Susana Díaz , la ha tachado, apresuradamente, de neoliberal. Un adjetivo lo suficientemente grueso y descalificador en el convulso contexto actual de la izquierda, hábilmente explosionado para evitar que cale la idea de que la propuesta de abrir la caja del Estado para que los jóvenes construyan su vida, forma parte del modelo de país que encierra el proyecto de la presidenta de la Junta de Andalucía. Invirtiendo el viejo lema socialista de “a cada descalificación, una propuesta”, la campaña de Pedro Sánchez cabalga sobre “a cada propuesta, una descalificación”. Tachar de liberal la de Susana Díaz es un golpe bajo, necio y ausente de realidad.

Cuando el Partido Socialista Obrero Español, con Susana Díaz al frente, tome las riendas de La Moncloa, su trabajo será, en primer lugar, administrar los haberes y las deudas del país poniendo al ciudadano como primer beneficiario de los Presupuestos Generales del Estado. No podrá expropiar la banca, ni a los Ortegas ni a los Roig. No podrá renacionalizar servicios esenciales como la electricidad, ni abolir la gasolina y el gasoil como combustibles para los vehículos. No, desde luego, si no ocurre en el mismo instante y con acuerdo suficientemente sólido entre los  Estados de la Unión Europea y más allá.  Es tarea de los partidos hacer mayorías y cambiar el mundo.

El modelo de partido compartido por Susana Díaz tiene en ese aspecto su mayor activo. Un PSOE que sabe que un solo país no cambiará el mundo. Si ocurre, será por la suma de voluntades de los ciudadanos del mundo. Si miramos a Sudamérica, asolada de corrupción, dictaduras y violencia durante todo el siglo XX, la coincidencia del movimiento bolivariano con otros liderazgos de corte más socialdemócrata en países de gran riqueza cuyas élites venían malgastando a costa de hambre y pobreza de la mayoría, ese momento histórico, permitió al internacionalismo que reclama el socialismo la unión de fuerzas para cambiar la historia. Lula, Mujica, Bachelet, Correa, Evo, con sus cosas, Cristina, con las suyas, o el propio Hugo Chávez, son ejemplo de que es posible. Nicolás Maduro, el bolivarismo chungo, es una manzana podrida que ni puede ni debe entrar en ese ilustre listado sin manchar la obra los otros miembros.

En Europa, seamos realistas, no hemos llegado aún a esa mágica y afortunada chamba de coincidir en el tiempo gobiernos tan emparentados ideológica y/o estratégicamente. Podría ocurrir. O no. El trabajo del PSOE que surja del 39 Congreso,  el que propone Susana Díaz, tiene también como cometido crear sinergias con el resto de la socialdemocracia europea y mundial para precipitar tal acontecimiento. Con sapiencia y siendo testigo y actor protagonista de la realidad que comparte con el otro medio mundo que piensa distinto.

El Gobierno con el que el PSOE tiene que liderar España no cambiará el mundo ni la sociedad unilateralmente. Ni puede prometerlo. Pero sí tiene que revitalizar y agrandar las herramientas del Estado y ponerlas al servicio de la ciudadanía, instaurando, desde una sólida mayoría, nuevos y mejores derechos, libertades y prestaciones. Como lo hicieron, con muchas más luces que sombras, Felipe González desde 1982, y José Luis Rodríguez Zapatero desde 2004. Se llama socialismo.

La iniciativa de incorporar a esas herramientas recursos para la emancipación de nuestros jóvenes tiene mucho más de socialismo y revolución que todas las frases, lamentos y extravagantes descripciones plurinacionales, que es lo único que nos ha ofrecido Pedro Sánchez. El taimado y autoderrocado (llamemos a las cosas por su nombre de una p… vez) ha tachado despectivamente de “liberal” la propuesta. Es obvio que ni se ha parado a pensar, y ojalá fuese por eso, lo falso y dañino de su prepotente descalificativo. Con la simpleza de un tweet, la cantera pedrita ha presentado toda una enmienda a la totalidad al proyecto completo de Susana Díaz.


Pero la realidad es que Susana ha presentado un plan de trabajo para un partido dispuesto a tomar las riendas del país. Un PSOE seguro de que su proyecto podrá convencer al electorado, y de que su ejecución permitirá al PSOE liderar el país las legislaturas necesarias para convertirlo en realidad. Socialismo y liderazgo con la entidad suficiente para que un PSOE autónomo conquiste la confianza ciudadana y vuelva a transformar este país en uno mejor.

Ni los seis documentos de Pedro Sánchez, ni la bondad y honestidad de Patxi López tienen ese potencial. El domingo, yo voy a mirar al futuro. Considero que el PSOE tiene un compromiso con la ciudadanía, y los militantes el deber de ayudar en ese empeño. Mi proyecto es el de Susana Díaz.

Susana Díaz llegó al liderazgo del PSOE-A y la presidencia de la Junta de Andalucía en una situación de crisis. Fue elevada de urgencia a los altares por la dimisión de José Antonio Griñán. Heredó un pacto envenenado con Izquierda Unida que hacía aguas y un PP que lideraba la oposición con 50 diputados frente a los 47 de los socialistas. Se presentó a un Congreso Regional que ganó de calle. Se enfrentó a las provocadoras exigencias de IU y convocó elecciones para acabar con la incertidumbre de un gobierno en minoría parlamentaria. Recuperó para el PSOE andaluz la plaza de partido más votado, y mantuvo los 47 escaños. El PP perdió 17 diputados; pasó de primera fuerza a segunda, y se quedó con 33 asientos en Las Cinco Llagas, 14 menos que el PSOE de Andalucía. Izquierda Unida vio penalizado su pulso a Susana Díaz con 7 diputados menos, manteniendo solo con 5. Entraron Podemos con 15 escaños y Ciudadanos con 9. Todos ellos cedidos por PP e IU. Ninguno por el PSOE. Pactó la investidura con Ciudadanos, sí, es cierto. Tanto como que el acuerdo no contempló una sola cesión del programa socialista. Soslayó el excéntrico populismo -sí, populismo- del Podemos de Teresa Rodríguez y Kichi. Ganó por derecho el gobierno y el liderazgo de la izquierda andaluza. Susana lidera Andalucía. Es una ganadora. Y cuando ganan los líderes del PSOE, gana el PSOE y ganan los ciudadanos.





Susana ha demostrado que tiene un diagnóstico claro y certero de dónde está el PSOE, del que dijo cariñosamente que está malito, para no tener que decir que está muy enfermo. Susana tiene un proyecto claro y a largo plazo para convertir al PSOE, más allá de los errores del pasado y la fractura interna que lo ahoga, en el partido de Gobierno que la ciudadanía española está esperando. Y la fortaleza y el instinto necesarios, ya testados, para que así sea.

Voy a votar a Susana. Y os pido el voto para Susana Díaz.

martes, 3 de julio de 2012

El psicoanálisis federal de Elena Valenciano

Cuando Elena Valenciano, es una nueva muestra del poco valor que la dirección federal del PSOE parece dar a las bases del partido, afirma  que Tomás Gómez se está posicionando más en "la izquierda de la izquierda" porque “quiere curarse de las heridas electorales", lo que en su opinión “sólo sirve para estar en la oposición”, transciende su papel de vicesecretaria general del partido para erigirse, al parecer, en psicoanalista del líder que los socialistas madrileños decidieron eligieron para dirigir el PSM. Basta con que Valenciano tuviera unos minutos para leer el documento marco que el congreso de los socialistas madrileños aprobó por abrumadora mayoría, para inferir que, con sus declaraciones, Gómez no hace otra cosa que cumplir el mandato que la militancia madrileña puso en sus manos, que no es otro que llevar al PSM, sí, a la izquierda, a la vanguardia del PSOE, y hacer una oposición dura y responsable. Sin confundir responsabilidad con consensos que el Partido Popular, ni espera, ni necesita, ni mucho menos va agradecer relajando la presión en su decidida apuesta de aprovechar la crisis para reconducir a nuestro país hacía el modelo ideológico de la derecha neocon. La descalificación de Elena Valenciano a las declaraciones de Tomás Gómez podría traducirse, puestos todos a psicoanalizar, en la descalificación de la dirección federal del PSOE al legítimo y democrático mandato de la militancia del PSM a su líder.

Según Europa Press, Valenciano, igual que hizo el otro día en 24 horas, ha vuelto a insistir en que "hay partidos socialdemócratas que después de perder unas elecciones se van a la izquierda, se quedan curándose ocho años y otros ocho volviendo al sitio en el que tienen que estar. Es decir, 16 o 17 años en la oposición". Algo que Valenciano ha ejemplificado con el caso del partido socialista francés, que “ha pasado 17 años en la oposición”. Parece olvidar la vicesecretaria general del PSOE que de los 17 años de inquilinato de la derecha en el Palacio del Elíseo, cinco lo fueron de cohabitación con la izquierda, entre 1997 y 2002, cuando el socialista Lionel Jospin fue primer ministro, de la misma forma que los 14 años de mandato de François Miterrand también lo fueron, en algunos momentos, de cohabitación con la derecha de Jacques Chirac, que fue primer ministro antes de hacerse con la Presidencia de la V República. Y lo que es más importante, que François Hollande ha conseguido ocupar el Elíseo una vez que el Partido Socialista Francés, lejos de curarse las heridas, ha dado un decidido giro a la izquierda con un programa de gobierno cargado de propuestas muy similares a las que los socialistas madrileños han defendido y defienden. Ideas que Tomás Gómez, en cumplimiento del mandato de las bases del PSM, proclama en voz alta, como no podía ser menos. Como ha hecho Hollande, con indiscutible éxito, toda vez que la derecha representada por Sarkozy, muy del estilo de la de Rajoy, así lo hizo necesario. 

Finalmente, Valenciano ha indicado que con los seis meses que lleva el PP en el Gobierno ha hecho "bueno" al PSOE. Tal vez por eso mismo, las encuestas, tan del gusto de Ferraz, indican que en un escenario electoral los españoles no devolverían al poder a los socialistas, y que, a pesar de la que está cayendo, el Partido Popular lograría mantener el Gobierno y “curarse” sus propias heridas sin salir de La Moncloa.


jueves, 8 de marzo de 2012

La Huelga General como primer paso para desalojar a la derecha del poder


El Partido Popular tiene que sentir el rechazo que ya provoca su acción de Gobierno, basada en hacer lo contrario que prometió que iba a hacer, y en poner el Consejo de Ministros al servicio de la casta empresarial española, la más retrógrada de toda Europa. A estas alturas, la ciudadanía ya es consciente de que las medidas que Mariano Rajoy y el PP están aplicando, no nos engañemos, no tienen como objetivo sacar a nuestro país de la crisis, sino dejar todo debidamente estructurado para cuando esta haya remitido por sí sola o, al menos, sin el concurso de la ola neocon que la ha provocado y que no se siente afectada por ella.

La contrarreforma laboral, basada en cercenar los derechos de la clase trabajadora, y el adelgazamiento del Estado del Bienestar, que no persigue otra cosa que mermar la corresponsabilidad de los que más tienen en la protección de todos y todas, son ya la seña de identidad de la gestión de la derecha reaccionaria en menos de 100 días de Gobierno. La reducción de los recursos públicos destinados a la educación y a la sanidad públicas, así como las subidas de impuestos a las rentas del trabajo y a los pensionistas definen el modelo de sociedad que defiende la derecha, consistente en la división en dos grandes grupos: el de ellos, los que disponen de un poder adquisitivo que les permite vivir de espaldas al Estado, y el nuestro, conformado por una clase trabajadora y dependiente que deberá conformarse con financiar exclusivamente con sus medios un sistema público que nunca podrá igualarse al de ellos, selecto, excluyente y enemigo de la Igualdad como concepto.

Ante tanta irresponsabilidad egoísta es momento de tomar la iniciativa. El Partido Popular ganó las elecciones con un contrato en forma de programa electoral del que ya ha dejado claro que no tiene intención de cumplir absolutamente nada. La huelga general del 29 de marzo tiene que ser el primer paso de una estrategia cuyo final no puede ser otro que desalojar a Mariano Rajoy de La Moncloa cuanto antes. Si es posible, antes de 2015. Un Gobierno responsable es el que atiende primero las necesidades de la ciudadanía, de toda la ciudadanía. El de Mariano Rajoy no lo es. Ya lo ha demostrado. Hagamos que se vaya cuanto antes.