domingo, 16 de mayo de 2010

En un rincón del alma


Siendo muy niño descubrí en casa de mi abuela materna a este gran señor de la canción en un single de vinilo a 45 revoluciones, que aún conservo, y que contenía, entre otras, la bella canción que titula este post. Con once o doce años, mis padres me llevaron a verle, a escucharle, cantar en directo por primera vez, en Isla Cristina. Desde entonces su voz y sus canciones han formado, de alguna forma, parte de la banda sonora de mi vida. Mi admiración y afecto por sus letras y melodías no fueron fáciles de compartir en una adolescencia que transitaba por los años 80 del siglo XX, dominados por la movida, la explosión del pop español y la entrada a saco del punk y el rock extranjero. Pero fueron, y son.

Han pasado más de 30 años desde aquella madrugada isleña, y han sido muchas, muchas, las veces que he asistido a recitales de este argentino afincado en España, habiendo tenido ocasión de conocerle y saludarle. Hasta creo que él desarrolló cierta simpatía por aquel chico que, por su edad, no era parte de su público habitual, siempre formado por personas mayores de 30 años. Con 16 años, estando en La Antilla, y puesto que no era fácil que mis amigos quisieran compartir conmigo el universo Alberto Cortez, una noche me puse en la puerta del bar El Ancla, que regentábamos los miembros de la pandilla, y cada vez que pasaba un coche preguntaba en voz alta si no irían al concierto que esa noche daba, junto a la tristemente fallecida Mercedes Sosa, en La Rábida. Y alguien paró, el maestro del colegio de primaria de La Antilla, el pobre Paco Toronjo, también fallecido, que me dijo "sube, chaval, vamos a ver al maestro Cortez". Una odisea, por cierto, de la que a lo mejor dejo testimonio en este blog alguna vez, pero de la que hoy sólo destacaré que finalizado el concierto, Toronjo me llevó a la Hostería de La Rábida, donde el cantante se alojaba. "Digan a don Alberto Cortez que está aquí su primo Paco Toronjo que quiere presentarle a un amigo". Cortez, sin duda pensó pensó que se trataba del genial intérprete onubense de fandangos y no dudó bajar a corresponderle. Yo lo estaba pasando fatal, consciente del engaño que estábamos cometiendo, y mi idolatrado artista, que me había reconocido, se dio cuenta. Tras un breve saludo de cortesía, se disculpó porque tenía prisa, dijo, y antes de volver a su habitación cogió una tarjeta del hotel y escribió: "Perico, recuerda este día con tu amigo Alberto Cortez". Joder, qué momento, no sólo no se había enfadado por la triquiñuela, sino que sabía quién era yo, como confirmó poniendo mi nombre en aquella tarjeta y aquellas, para mí, entrañables palabras.

Muchos años han pasado, como decía, y esta tarde he tenido la enorme satisfacción de volver a escuchar en directo "la voz de la amistad", como llaman en México a este viejo trovador cuyas muy hermosas canciones siguen emocionando a gentes de todo el mundo. Acompañado sólo de un sensacional pianista de 22 años, Patricio Peña, la inconfundible simpleza de su traje y camisa negros -simpleza que, como él cuenta, le sugiríó Edith Piaf- y en un teatro Fernán Gómez de Madrid lleno hasta la bandera, ha vuelto a conquistar a un auditorio entregado que hemos disfrutado, una vez más, de la prodigiosa voz de Alberto Cortez y de canciones como esta que les dejo, porque hay que compartir con los amigos, como diría el cantante. Que siga siendo tan grande otros 30 años más y que yo, y todos ustedes, tengamos la ocasión de seguir disfrutando de su música y de su poesía.




¿Entienden por qué me gusta o no?